Una, coincidencia. Dos…

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Verano… El estío ha hecho su estreno con un calor intenso acompañado de alguna fuerte tormenta ocasional. Tras cada chaparrón, la temperatura y humedad que ascienden del suelo son sofocantes. La nueva estación ha sustituido la amplia gama de verdes por tonos ocres, cobres y pajizos, y el horizonte se ve dorado… Salvo el páramo, que allí sigue, verde, imponente… Parece como si permaneciera impasible a todo lo que acontece. Y tú, feliz en tu coche, a una temperatura agradable con el aire acondicionado, volviendo a casa tras la jornada de trabajo, por esa carretera que tanto te gusta, que te transporta a otro lugar en absolutamente todas las épocas del año. Son las diez menos cinco… no, menos seis minutos de la noche… ¿noche?… El sol todavía está a medio esconder y los destellos rosas y naranjas todo lo inundan, proporcionando aún una claridad con la que las gafas de sol no sobran. Qué curiosos son estos días, los más largos del año. Y cuánto te gustan… Una manifiesta sonrisa se dibuja en tu rostro. No la escondes, ¿para qué? Y disfrutas; disfrutas de la conducción como a ti te gusta hacerlo, por esa carretera… tu carretera, como te gusta llamarla. La que es tu punto de inflexión en tu regreso a casa. Y así, sonriente, miras a lo lejos y ves el páramo. “Es realmente bonito” piensas. Y al traer de nuevo la vista al frente algo hace que te sobresaltes y que tu sonrisa se transforme en una expresión de asombro… Allí está, es… sí, es esa figura de mujer de aquella vez, pero ahora la ves más nítida. Está pálida y su rostro tiene una expresión de dolor, de tristeza, de angustia y de miedo, como no lo has visto nunca en tu vida. Hace aspavientos con los brazos y se cubre la cara con las manos… Solloza… y de repente ¡¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! El claxon de un coche te arranca violentamente de aquella escena, pues estabas invadiendo el carril contrario, das un volantazo, tratas de hacerte con el control de tu vehículo y … lo consigues!!. Acabas deteniéndote en el margen derecho de la carretera sin haber sufrido ningún rasguño. Ni el coche tampoco, menos mal. “Ufffff”, resoplas, recobrando la calma. Decides encender las luces de emergencia, ponerte el chaleco reflectante y bajar del coche, para comprobar de una vez por todas qué le ocurre a esa mujer, pues te has detenido a escasos metros de donde la has visto. Caminas, mirando a ambos lados, y cuando llegas al lugar… nada… Miras a todos lados pero no ves nadie alrededor. Ni a lo lejos. No entiendes nada, la confusión se apodera de tu cabeza, y un hilo de pánico empieza a llamar a tu pecho. Respiras profundo. “Cuando haya algo que te saque del aquí y ahora, sólo tienes que conectar con tu respiración” recuerdas que siempre dice tu profesora de Yoga. Parece que funciona. Tras tres o cuatro respiraciones comienzas a recobrar la calma y el autocontrol. Decides volver al coche. Te sientas en el asiento del conductor y miras por el retrovisor hacia la luna trasera. Nada… Emprendes la marcha a casa con la diferencia de que ahora sí te sobran las gafas de sol. La claridad es bastante menor. Llegas a casa, aparcas tu vehículo y tras descansar un rato, te sirves una copa de vino. Marqués de Cáceres del noventa y cuatro, excelente. Uno de tus favoritos, de los que ya van quedando escasas botellas. Y piensas, “claro, me las he bebido yo todas”, y vuelves a sonreír. Y en ese estado de tranquilidad, de bienestar, de protección, decides ponerte a buscar información en la red sobre cosas en las que no crees…

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