Recuerdo no haberme fijado demasiado en ti la primera vez que nos vimos. Aquel día que fuimos juntos a unas jornadas científicas en el Centro de Transfusión. De hecho ibas algo sucio y desaliñado. Pero curioseando tu interior disimuladamente me pareció ver… lo que realmente eras. Y entonces se me erizó el vello de la espalda. ¿Estaba esto ocurriendo de verdad? De pronto sonó el teléfono; “es ella”, pensé yo, pues pude leer su nombre en letras naranjas. No obstante, hiciste caso omiso a la llamada. “Buena señal”, volví a pensar. Y juntos dejamos transcurrir aquel día como si nada. Sin embargo, el deseo ya se había apoderado de mí. Deseo de tenerte. Poseerte. Cada vez que te contemplaba, imponente, potente. Cada vez que pensaba en ti y al mirar por el espejo retrovisor ahí estabas. El corazón me latía tan fuerte que a veces sentía que se salía de la caja torácica. Y entonces sin quererlo, pero con toda mi pretensión, hice todo lo que sutilmente pude para que fueras mío. Aunque sólo una vez fuera. Pero tenía que hacer mi sueño realidad. Y de pronto, en el momento más inesperado, te tuve. Fue un acoplamiento perfecto en el que me enamoré del tacto y el olor de tu piel, de tu potencia, de tu manera de moverte. Eras como una prolongación de mi cuerpo y nos comportábamos como si fuéramos sólo uno. El disfrute era tan orgásmico que nos poníamos a ciento sesenta sin darnos cuenta. Me anulabas la voluntad. Hasta el “momento después” se disfrutaba. Todo se disfrutaba. Y lo que yo pensé que ocurriría una única vez, ocurrió dos, diez… cientos. Y todas y cada una de ellas eran tan adictivas como la primera vez.

Tus asientos de cuero, tus ciento sesenta y tres caballos y tus llantas de perfil bajo me hacían vibrar como pocas cosas en este mundo. Por eso, nunca olvidaré mi primera vez contigo. Mi primera vez que fueron tantas…

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