Un siete de abril

paloma

Allí estaba ella, postrada en una fría cama de hospital tras una lucha la cual en los dos últimos meses había cobrado una violencia extrema. Sus fuerzas se habían doblegado ya sin ninguna opción. A pesar de sus tan solo 45 años, el cáncer de pulmón había sido implacable con ella. Ya no volvería a recobrar la consciencia. Ya no volvería a abrir sus ojos. Ya no volvería a emitir palabra alguna. Nunca.

Su hija y su hijo mayor al verla pensaban, bajo un sentimiento de culpa y barbaridad, que sería mejor si todo acabase, si dejase de sufrir, si por fin…muriese. ¿Pero cómo puede un hijo pensar así? Eso sería horrible… ¿o no?.

Su hijo más joven no sabía muy bien cómo encajar todo aquello. Recién estrenada su mayoría de edad la situación le resultaba muy confusa.

Su marido sin embargo apenas se movió de allí durante esos dos meses. Una o dos veces quizá, para pasar por casa y a condición de que ella se quedase acompañada. El resto del tiempo lo pasaba allí, en el hospital, sentado junto a ella, en silencio. No se sabía cuándo podría sobrevenir el desenlace. Así un día tras otro hasta que llegó un siete de abril, cumpleaños de aquel hombre que no se movía del lado de su esposa bajo ningún concepto. Aquel día decidió irse un rato a descansar. Miró a su esposa ausente, le besó la frente y le susurró al oído “luego vengo”. Y salió de la habitación.

En ese momento, aquella mujer le hizo a su marido el mejor regalo de cumpleaños que podía hacerle: una leve sonrisa se esbozó en su cara, e inició su marcha. Partió. Buscó la luz. Y descansó.

Probablemente su marido ahora no soportaría esa triste y amarga coincidencia de fechas. Pero el tiempo le ayudaría a comprender.

Muchas personas en situaciones similares se preguntan cómo es posible que justo cuando les dejan 5 minutos solos…se vayan. Pues es que a veces, aun cuando ya deberían haberse ido, nos aferramos a ellos con tal fuerza, que no les dejamos partir, nos produce tal dolor su pérdida que ellos se siguen agarrando a un mínimo halo de vida para no hacernos daño, y aprovechan justo el momento en que se quedan solos para partir.

Y lo hacen por nosotros.

Porque no nos sienten preparados para acompañarles en su marcha, en su último aliento. Para sostenerles la mano y decirles “ve en paz, busca luz” hasta su expiración. Porque no es fácil.

Y lo hacen por amor.

 

2 pensamientos en “Un siete de abril

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