Caperucita

– Estoy como si hubiera vuelto a los dieciséis años y estuviera esperando la tarde del sábado – dijo él, pletórico y resucitado tras varios encuentros con ella. Encuentros inesperados que deshacían sus cuerpos entre besos, abrazos y alguna cosa más.

Ambos sabían perfectamente cuáles eran las reglas del juego. La vida que cada uno llevaba no se modificaría en absoluto. Y como tal, había que aceptar ciertas cosas.

Ella se sentía halagada, fuerte, segura de sí misma y devuelta a su papel innato de diosa. Entonces él añadió:

– Es más, es que incluso, llevaba tiempo sin tener chispa con mi mujer, y el otro día, a la mañana siguiente de estar contigo, estaba tan venido arriba que…

De pronto ella oyó un chasquido. Algo se había rasgado detrás de su esternón. ¿Su ego? Dolía un poco, la verdad. Él no podía ver su expresión al otro lado del teléfono. Las reglas eran inquebrantables así que se suturó aquella cosa que se había resquebrajado para que él no lo advirtiera.

Y de repente cayó en la cuenta: “¿Otra vez?” pensó. “Quizá sea esta mi misión. Quizá sea una buena acción que las parejas recuperen su chispa. Quizá soy algo bueno en su vida”. Y sonrió.

EL LOBO SIEMPRE SERÁ MALO SI SÓLO ESCUCHAMOS LA VERSIÓN DE CAPERUCITA… 

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