No estás, otras incógnitas y una sola pista

SocuéllamosIglesia de Nuestra Señora de la Asunción

No lo sé, no sé dónde estás. Al menos no estás donde deberías. No estás con tu hijo, no estás con él en aquella tumba hermosa y bella; él ha sido el último en morar aquel lugar. Y desde entonces nada. Tampoco está tu hermana, dueña además de aquella belleza en piedra, en aquel cementerio tan hermoso que duele. ¿Dónde estáis entonces? Y ¿por qué ella y tú tenéis diferente el segundo apellido? ¿Error de papeles tan antiguos quizá? ¿O es que fuisteis de distinta madre? Y si así fuera ¿por qué? Probablemente, ya nunca lo sabré. Tantas incógnitas siempre en el aire…

Te admiraba. Pensaba que parte de tu vida fue dura (hay otra parte que aún desconozco). Tuviste que enfrentar la muerte de un hijo tuyo a los pocos meses de nacer. Y la de dos más cuando ya habían pasado los 40 años de edad. Eso… no hay madre que lo soporte. Sobrevivir a tres de sus cuatro hijos.

Además enviudaste cuando mi padre (tu hijo menor, el “segundo” Paulino) contaba tan solo 16 años. Y a los dos años enviudó tu hermana. Siempre pensé que fue un capricho del destino que dos hermanas estuvierais casadas con dos hermanos. Y desde que enviudasteis vivíais juntas. Y yo siempre decía que tenía dos abuelas paternas y una materna. Y en la etiqueta del buzón sólo rezaba “Viudas de Muñoz”.

Y mi padre murió, y más tarde acabarían separándome de vosotras. Y mis doce años no daban para hacerle frente a las adversidades de la vida. Bastante hacían por evitar irme con él.

Os recuerdo como siempre. Hasta el último detalle. Siempre arregladas, siempre coquetas. “Rica mía”, me llamabas. Recuerdo el timbre de tu voz. El sabor de tu sopa de fideos, el arroz con leche (el mejor de mi vida). Recuerdo cómo me gustaba vuestra casa. El puzzle de cubos que eran seis en uno, aquel reloj enorme de Buda con un candelabro a cada lado situado en la entrada. El salón, con el perro de porcelana, el pavo real de plata, el reloj de cuco con todas las figuritas. La tele en blanco y negro del comedor. La habitación de mi padre, y la vuestra, a la que llamabais “alcoba”. Y el ruido de la calle por la noche en verano que no me dejaba dormir. Las baldosas de piedra del suelo del largo pasillo. Aquellas habitaciones misteriosas a ambos lados. Y la cocina al final, muy amplia y redonda, con un aseo.

Recuerdo su encimera de piedra blanca, y cómo minuciosamente cortabais el pan en cuadraditos muy pequeños, y lo mezclabais con arroz en una bolsita de plástico para ir a dar de comer a las palomas.

Recuerdo la despensa, con su libreta sujeta a la pared. Era una libreta de madera y el bolígrafo tenía forma de ratón, estando la punta para escribir en el hocico y sujeto a la madera por la cola.

Lo recuerdo todo tal y como era. Hasta el número de teléfono. Pero ya no respondéis al otro lado.

Sé que habéis muerto, pero no sé dónde estáis. Sé dónde no estáis: no estáis con papá. Y necesito encontraros como hice con papá, porque quiero deciros algunas cosas. Cosas como que quisiera haber podido estar con vosotras hasta el final. Cosas como que os quería. Cosas como que os quiero. Cosas como que lo siento.

Pero tengo una pista: Socuéllamos, Ciudad Real, Castilla La Mancha.

Una pista y muchas ganas. De cerrar puertas. Círculos. Heridas. Incógnitas.

 

 

6 pensamientos en “No estás, otras incógnitas y una sola pista

  1. Autobiográfico, supongo.
    Un texto lleno de sentimientos, de recuerdos y de emociones. Se intuye una mujer profunda, intensa, detrás de cada párrafo.
    Me ha gustado mucho.

    Me gusta

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