Diablesa

Se hartó. De tanto tira y afloja, de tanto tensar la cuerda, de ahora sí y luego no. De sus “mañana un café” y no atender siquiera la cita. De sus “me despisté”. De reglas del juego a las que no correspondía.

Se hartó. De que pasaran largas temporadas sin contacto. De no recibir noticias si no las daba primero. De ahora recibirlas sólo para esto, sin nada accesorio. De cortesías que no eran recíprocas.

Se hartó. De sentir la persecución sin tregua. De su insistencia. De que al llegar el ansiado momento, su fría despedida terminase por arruinar algo que ni siquiera fue lo que esperaba.

Se hartó. De un montón de proposiciones disparadas en ráfaga. De demasiada sexualidad y muy poca sensualidad.

Sí, se hartó. Pero sobre todo se hartó de ser invisible, del hambre del contacto, del ruido del silencio, de la atmósfera de incomprensión, y de la sed de diálogo.

E intoxicada de ira y amor propio, pensó: ¿Qué habría mejor que regalar el infierno a todo aquel que hubiese vivido en el cielo?

En el cielo de sus pensamientos. En el cielo de sus brazos. En el cielo de su cuerpo.

Y decidió convertir en cenizas todo aquello que encontró a su paso…

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