El ritual de Danica

SVALBARD HIELO AZUL

Svalbard

Allí estaba Sergio como cada fin de semana, en la discoteca de turno con sus amigos, apoyado con un brazo en la barra y en la mano contraria un cubata en vaso de tubo. No se caracterizaba el garito precisamente por ser glamuroso. Sus amigos a ratos salían a la pista a bailar, pero él como mucho se contoneaba un poco pegado a la barra. Desde allí, miraba detenidamente el “ganado” disponible hasta que encontraba alguna chica susceptible de conseguir. A Sergio le daba igual la que fuera; el caso era apuntarse el tanto. Si tras intentarlo con una chica el tiempo suficiente no conseguía nada, iba a por otra. Era el típico chico engreído sólo por el hecho de estar moderadamente musculoso. Cero por ciento de materia gris.

Cuando aún echaba el anzuelo sonriendo a algunas chicas desde la barra, toda su atención se vio puesta en una sola: la que acababa de cruzar la puerta. Se quedó pasmado… Tenía los ojos del color de los glaciares de las Svalbard y el pelo muy corto en platino. Sus labios, jugosos de un rojo cereza y todo su cuerpo enfundado en cuero negro. Unos tacones de vértigo complementaban su extravagante aspecto.

Todo aquel micromundo se detuvo por un instante quedándose paralizado por semejante criatura. Como si no fuera con ella la cosa, se dirigió al centro de la pista y empezó a bailar al ritmo de la música… sola… muy sensual.

Sergio lo tuvo claro: ella sería su chica aquella noche. Pobre iluso, en ese momento no tenía ni idea de cómo acabarían las cosas.

Súbitamente mientras bailaba, ella clavó su fría mirada directamente en los ojos de Sergio, que casi derrama el vaso, y le regaló una pícara sonrisa. Él se recompuso como pudo y levantó el cubata en señal de querer invitarla. La mujer de cuero se le acercó.-

– Hola guapa, soy Sergio, ¿cómo te llamas?

– Danica – Dijo ella mostrándose sugerente y tímida a la vez. –

– Vaya, que nombre más curioso, y tienes acento, ¿de dónde eres?

– De muy lejos…

– Qué misteriosa – Sergio puso una mueca irónica de asombro – ¿y cuántos años tienes?

– Tantos que ni te lo creerías…

Sergio se quedó bloqueado unos instantes ante esos ojos y esa boca.

– Eres muy guapa, ¿lo sabes?

– He visto que me mirabas mientras bailaba… ¿Es que te gusto? – Y le acarició una mejilla suavemente con una uña del mismo color que los labios.

– Mucho… Me gustas mucho – Sergio se sentía absorto, como si pudiera hacer en ese momento cualquier cosa que le pidiera Danica.

– Entonces, ¿para qué perder el tiempo tomando una copa?

Se acercó a Sergio y lo besó, con contundencia, con sensualidad, con picardía y con arrebato. Sergio flipaba… No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Hoy le habían echado a él el anzuelo. Y menudo anzuelo.

– ¿Vamos a mi casa, Sergio?

– Eeeeeh… sí… sí, sí, claro… Dame un segundo que voy al baño ¿vale?

– Claro…

Pero Danica lo siguió sin que se diera cuenta, y una vez hubo terminado de expulsar parte de los cubatas ingeridos, Danica lo asaltó en la cabina del baño antes de que pudiera salir. Se abalanzó hacia él y lo besó con dureza. Sergio le correspondió en el mismo tono y enseguida se abultó su pantalón. Danica desabrochó el botón, bajó la cremallera y metió su mano. Sergio ya se volvía loco. No contenta con eso, Danica se liberó de su cuero y asiéndole con brazos y piernas hizo que la penetrase varias veces hasta que bruscamente paro y dijo:

– Vámonos. Te llevo en mi moto.

Se adecentaron las ropas y Danica le cogió de la mano. Al salir había una moto espectacular aparcada justo en la puerta.

– No me digas que esta pedazo de moto es la tuya – Preguntó Sergio quedándose con la boca abierta.

– Sí. ¿También te gusta? – La misma sonrisa picarona – Sube.

Unos veinte minutos tardaron en llegar a toda pastilla a casa de Danica. Era un apartamento pequeño y escueto en cuanto a decoración.

– ¿Vives sola?

– Sí.

No le dejó hablar más. Lo tiró al suelo, se sentó sobre él a horcajadas y le abrió la camisa de un tirón dejando al descubierto su tórax. Le besó. Le olió. Le analizó. Le miró. Y Sergio entonces se percató de que tenía un pequeño tatuaje en su cuello, como una “L” invertida con dos puntitos. “Qué cosa más rara”, pensó. Danica entonces volvió a entretenerse con el bulto nuevamente manifiesto bajo su pantalón, y Sergio se volvió loco de ganas. Estaba hiper excitado. Tanto, que la yugular de su cuello comenzó a ingurgitarse. Repleta de sangre, sobresalía con potencia y relieve del cuello de Sergio. Danica se irgió, con Sergio aún entre las piernas. Le miró con ese frío glaciar, y le dedicó esa sonrisa picarona. Pero esta vez, sus jugosos labios dieron paso a dos colmillos que sobresalían majestuosos.

Sergio sólo tuvo tiempo de poner cara de asombro, incredulidad y terror todo a la vez. Danica se lanzó sobre su cuello con una mordida brutal que hizo que la sangre manara a borbotones y se diera el ansiado festín. Bebió y bebió, bebió hasta no dejar una gota de sangre circulante en el cuerpo de Sergio. Para entonces, él ya había expirado su último aliento.

Se recostó en el sofá a reposar el banquete, mientras veía el cuerpo inerte en el suelo.

– ¡Lacayos! Podéis comeros el resto…

Cinco lacayos aparecieron, los siervos, los aprendices. Se abalanzaron sobre el cuerpo disputándose cada parte que arrancaban.

Así era el ritual de Danica. Danica Talos.

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