Los pendientes de oro de 600 euros

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Ambos se encontraban sentados a la mesa en un bonito restaurante muy emblemático de aquella zona. Ella resplandecía con su espectacular melena y un escote de vértigo que acompañaba a una ceñida falda de terciopelo negro hasta las rodillas. Por primera vez en su vida se sentía viva. Se sentía libre. Se sentía una diosa.

– ¿Te apetece comer con champagne? – preguntó él.

– Oh no, gracias, no me gusta demasiado – por aquel entonces ella aún no sabía cuántas noches pasaría en compañía del mejor champagne francés.

Él, imponente y seguro de sí mismo, pidió la comida para ambos y en lo que la servían, ella aprovechó a conciencia para ir al lavabo que se encontraba en la otra punta. Caminó por todo el pasillo central con paso firme y un contoneo que hizo que sintiera cómo varias miradas se posaban en ella. Se exhibía para él. Para que la viera bien. Desplegaba todos los recursos de los que era capaz, pues quería retener a aquel hombre a su lado tanto tiempo como fuera posible. Porque le daba la vida y cada aliento que respiraba. Al volver a la mesa, en su plato encontró una bolsita decorada con sumo detalle, y en su interior una caja. La abrió y descubrió un precioso colgante en plata con forma de corazón y la palabra “amor” escrita en varios idiomas.

– ¡Es precioso! Qué bonito es, ¡me encanta!. Yo también tengo algo para ti…

Y le entregó un paquete bastante más grande que el suyo, con un envoltorio más serio. Al rasgar el papel apareció un precioso porta relojes de piel, que hizo las delicias de su acompañante.

– Muchísimas gracias – dijo él – es un gran regalo. Parece mentira que, con lo detallista que soy yo, no haya tenido ningún regalo hoy en mi casa…

Ella tragaba saliva. Aquellas conversaciones la sacaban de sus casillas y la herían en lo más profundo de su ser. Sin embargo, él prosiguió:

– Y voy yo, y le regalo unos pendientes de oro de 600 euros… Y me dice “no, es que como no estamos muy bien, pensé que tú no me comprarías nada”. ¿Te lo puedes creer?

Ella disimulaba, pero sólo quería que aquello acabase. Que cada uno terminase con su vida y pudieran empezar una nueva juntos. ¿Sería posible? ¿Aspiraba a demasiado? ¿Iba a ser aquello algo pasajero? ¿Suplente? ¿Titular? Adrenalina pura corría por sus venas durante los momentos que pasaban juntos; los demás eran momentos llenos de dudas, de incertidumbre, de angustia.

Llegó a su casa, se echó sobre la cama y se durmió. A última hora de la tarde se presentó su novio con su regalo de San Valentín: una pequeña maceta de violetas. Aquella misma mañana éste le había preguntado a ella por teléfono “¿tú sigues enamorada de mí?”, a lo cual ella contestó “no, la verdad es que no…”.

La maceta le pareció una monada. Se quedó bloqueada unos instantes, como si un pequeño cortocircuito se estuviera produciendo en su cerebro. La voz de él le sacó del ensimismamiento. Cogió el abrigo y salieron a cenar.

 

10 pensamientos en “Los pendientes de oro de 600 euros

  1. Por cierto, en la realidad, comienzan una vida juntos, tienen un retoño y son felices…para siempre (or at the moment)…jejeje…no???
    En la ficción, me mandarás el segundo capítulo….

    Un beso

    Me gusta

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