Te miraba de lejos y te miraba con furia. Tu sola presencia me irritaba. Tus aires de todo saberlo me hacían desquiciar. Evitaba acercarme a ti como evitaba acercarme al mar embravecido, o bañarme bajo una bandera roja. Qué ilusa pensar que las fuerzas de la naturaleza podrían estar bajo el control de uno mismo. Al igual que no se puede domar la fuerza del mar, no se pueden domar otras cosas.

Sin embargo, algo empezó a cambiar sin razón. Tu presencia en aquel despacho me agradaba, el timbre de tu voz me resultaba delicioso, y esa espectacular sonrisa martilleaba en algún sitio ilocalizable de mi ser. Y yo seguía teniendo cuidado de no acercar los pies a la orilla. Seguía con miedo de aquella bandera roja. Con miedo de aquellas olas grandes, de aquel mar imponente azul oscuro. Hasta que, en un descuido, una ola gigante me atrapó. Me engulló, me arrastró hasta el fondo con violencia y sin compasión. Y cuando me devolvió de un coletazo a la superficie, en mis labios había sabor a agua y sal: me habías besado.

Y entonces, como la Bella Durmiente, desperté a la vida. Todo el letargo anterior se esfumó y empecé a sentir, a vibrar, a respirar. Mi cuerpo, como el de una sirena, se movía presto en ese mar que ahora era cristalino, con aguas en calma que me abrazaban suavemente, quedamente. “No me provoques o me quedaré para siempre contigo”, dije. Y súbitamente, otra ola me arrulló, me sumergió profundo y me enseñó el colorido del fondo del mar. Me liberó para que pudiera subir a la superficie y me sentí viva: me habías besado de nuevo.

Te convertiste en mi mundo con la inmensidad de tu océano fagocitándome en cada abrazo; te convertiste en cada una de las veinticuatro horas de mi día; te convertiste en el aire que respiraba y en lo que me mantenía con vida. Y aquella sirena quiso quedarse en aquel mar por toda la eternidad. Pobrecilla, no esperaba las batallas que habría de librar.

Tuvo que escapar de las fauces de tiburones, sortear arpones de pescadores. Apartar gente tóxica que teñía de negro su mar, que se alteraba y se rebelaba. Nadar contra corrientes que la empujaban en dirección contraria. Sin embargo, contra todo eso venció. Y el mar se calmó. Las aguas se amansaron y tornaron cristalinas.

Y desde entonces vivimos un mar de emociones. Un mar de aventuras. Un mar de historias.

Yo, tu sirena. Y tú, mi mar.

Juntos, en la calma y en la tempestad.

sirena

 

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