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Caminaba por la dársena número doce directo al puesto 2; tras una larga y atareada semana y unas cinco horas de coche, al fin había llegado su momento. Aquel en el que se sentía él mismo. Nada más poner un pie en su barco, él se transformaba. No le importaba si era invierno o verano, si hacía viento o no, pues su habilidad en navegación le había permitido repostar combustible en el mes de octubre y no tener que hacerlo de nuevo hasta el agosto siguiente: tenía el don de utilizar las velas a su antojo. La más pequeña, curiosamente llamada la Mayor. Y la más grande, contrariamente, el Génova. Tan sólo empleaba el motor para atracar y zarpar. Sentía. Miraba. Y maniobraba. Todo parecía sencillo a su lado.

Tiraba de las escotas y las sujetaba como si atrajese hacía sí la cintura de una mujer para besarla. Y su barco, su preciado barco, se dejaba hacer a cada orden, a cada maniobra, como una ardiente fémina, ávida de él, que se dejaba poseer para complacerle en cada deseo. “A la orden capitán”, parecía susurrarle. Manejar el timón era acariciar las voluptuosas caderas de aquella embarcación, y cuando las olas les sumían en ese inigualable vaivén, ellos dos bailaban fundidos en un sólo cuerpo, como dos amantes camino del clímax deseosos de parar el tiempo.

Y así, navegando a algo más de veintidós nudos sólo con las velas, se dio cuenta definitivamente de algo que ya estaba advirtiendo hace tiempo: formaba parte de aquello. De alguna manera u otra, formaba parte del mar. Indisoluble. Y entonces, como pensando en voz alta, dejó salir estas sinceras y contundentes palabras: “No creo que haya nunca una mujer capaz de sustituir lo que yo siento por este barco”.

Por fin lo vio claro. Su corazón, su cabeza y su alma estaban ocupados por un único amor. El que le hacía feliz. El que le entendía. El que le acompañaba. El que disfrutaba con él la soledad. El que siempre le esperaba, puntual, en la dársena doce.

Sin embargo, su amor no tenía cuerpo de mujer; tenía cuerpo de velero y nombre egipcio: Sakkara.

 

Con todo mi agradecimiento al capitán Jorge López-Tello

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