pekinesAquella casa lúgubre y triste no albergaba amor ninguno. Las escaleras que conducían desde el portal hasta la puerta del patio eran frías y el corto camino muy oscuro. La puerta del patio chirriaba de una forma peculiar, siempre la misma. Cuando se abría, la madera crujía y daba paso a un patio interior, donde una de las paredes parecía ser la parte de atrás de alguna nave abandonada, con dos cristales siempre rotos. El olor a orín felino saturaba la atmósfera. Dos gatos negros a ratos a la gresca, a ratos compartiendo descanso en un tejadillo del hueco de la escalera donde los trastos se amontonaban. Dieciséis escalones hasta la puerta de la casa. Y su amigo peludo esperándola arriba del todo.

Siempre escuchando las mismas historias, una y otra vez. Y su lógica infantil le impedía entender ciertas cosas, y le ponía soluciones muy fáciles a la vida. La vida que ella veía cincuenta años después a través de sus ojos de niña.

-Pero, si no le querías, ¿por qué te casaste con él?

-Porque fue el primero que me dio un beso y me dejó gilipollas… Además, como el primero ha de ser el de para toda la vida…

“El primero ha de ser el de para toda la vida”… Tela…

-Ya nació haciendo el mal porque su madre murió en el parto. El día que me casé, su padre, más bueno era el hombre, me dijo “lo tuyo llevas, hija”. Pero tu tío el mayor, se llama así porque es el nombre del único hombre del que me enamoré.

-¿Y ese hombre te quería?

-Me pidió matrimonio

-¿¿¡Y por qué no le dijiste que sí!??

-Porque nuestros apellidos juntos sonaban muy mal y al tener hijos se hubieran reído de ellos.

Esa niña no entendía por qué la abuela había malgastado oportunidades de ser feliz por aquellas razones a sus ojos tan estúpidas. No eran suficientes. El resultado era que en aquella casa cada uno estaba en una habitación. No había amor, sólo odio, reproches, rencor. A ella todos la querían, era “la niña”, pero era capaz de percibir muy bien las emociones. Y a pesar de todo ello y aunque se aburría como una ostra, sabía estar. A veces con el brasero, a veces con el ventilador. A veces de verde, a veces de rojo. Eran los colores con los que pintaba la barandilla de la escalera. Era el otro entretenimiento que tenía aparte de la telenovela y las historias. El bote de “Casa Jardín” permanentemente al lado de la puerta. La habitación del fondo, misteriosa, prohibida. Los toros en la televisión de la habitación del abuelo. El baño, frío y con artículos sólo de hombre. La cocina, con una ventana al tejado donde se arremolinaban más gatos a la hora de comer, y la mini nevera. La habitación de la abuela, que era cuarto de estar y habitación.

Alguna cucaracha de vez en cuando que salía por el sumidero de la bañera. Y ratas. Ratas del tamaño de conejos que a veces corrían por el patio y el perro se encargaba de cazar con gran destreza y traértelas como un trofeo.

Y todo el día allí, escuchando las mismas historias, tristes e incomprensibles. Las mismas historias cada vez. Cada día que iba. Historias de pobreza, de servir, de parir mientras fregaba una escalera.

Esa niña a veces se salía a la escalera a sentarse junto al perro a conversar con él. Los dos juntitos en el mismo peldaño, y ella le echaba un brazo por encima y le decía:

-Y cuando tú faltes, ¿qué voy a hacer? Ya no va a ser lo mismo venir aquí –y las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras pensaba “pues maldito beso que le dieron a mi abuela”.

El perro murió. Y la niña, ya mujer, no volvió.

 

Nota de la autora: Dólar, te sigo recordando como siempre.

 

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