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No se lo podía creer. Su caballero regresaba postrado a lomos de su caballo, aún no sabía si vivo o muerto. Entró por la fortaleza y la parte de su compañía que allí se encontraba se apresuró a bajarlo para inspeccionar en qué estado se encontraba. Ella, único miembro femenino de aquel ejército, observaba desde sus aposentos en lo alto de la torre pidiéndole a los dioses un halo de vida para él.

Dos flechas en su tórax y una en su espalda le habían acompañado durante el camino de regreso. Valioso su caballo que supo emprender la senda de vuelta a casa. Aún estaba consciente. Comenzó a decir el nombre de los compañeros que a su lado estaban y lo condujeron inmediatamente ante la presencia de la dama blanca. La dama blanca… o la dama guerrera también; blandía su acero como nadie. Y por supuesto, la dama que poseía el conocimiento para curar.

Cuando ella lo vio tan de cerca, se estremeció. Lo tumbaron en una cama hecha con pieles y comenzaron a quitarle los ropajes. Ella se aproximó y le acarició una mejilla con su mano. Él tan sólo alcanzó a decir:

-Mi señora…

Y se desmayó.

Ella retiró las flechas, lavó su cuerpo, curó y suturó sus heridas y le vistió con ropas nuevas. Y prendiendo unas varas de incienso se retiró a cenar con los demás.

Cuando volvió al cabo del rato y abrió la puerta de sus aposentos, él estaba sentado sobre la cama.

-Mi señora…

-No soy tu señora -dijo, con la mirada fría como el hielo.

-Dama blanca, no sabría si volvería a veros, no imagináis cuánto os he echado de menos.

Se puso de pie acercándose a ella mientras hablaba.

-Ni un paso más, eso no son más que mentiras

-Pero,¿qué decís? ¿acaso sabéis lo duro que ha sido para mí? -su mirada también se volvió fría, pero en su caso, como el acero- ¿sabéis todo lo que he tenido que hacer para sobrevivir?

-¿Duro? -gritaba la dama blanca- Habéis yacido con una mujer de otra estirpe, ¿acaso eso fue duro? ¿era necesario para sobrevivir? – Y se giró ocultando su rostro.

Él la agarró del brazo y la obligó a mirarle. La dama blanca lloraba en silencio.

-Tuve que hacerlo para poder pasar por uno de ellos y no levantar sospecha. Aun así al final me descubrieron y casi no lo cuento. No sabía si volvería a veros y eso para mí era peor que la propia muerte.

-Mi señor…-comenzó a balbucear ella- yo sólo deseaba… yo sólo quería…

Y los sollozos la ahogaron por fin.

-¡Qué, mi señora! ¡Decídmelo!

-¡Ser la primera mujer en vuestra vida! -se tapo el rostro con las manos y dio rienda suelta a su llanto.

El caballero negro no daba crédito. Sus sentimientos eran correspondidos por el ser más poderoso que caminaba sobre la faz de la tierra. Ojalá hubiera podido ser así, ojalá hubiera podido entregarle ese privilegio a ella. Pero el destino quiso que para salvar su vida tuviera que utilizarlo.

La asió por las manos obligándola nuevamente a mirarle directamente a los ojos y con voz queda la dijo:

-¿Queréis saber qué tuve que hacer?

-No… -ella trataba de zafarse.

-¿Queréis saber qué tuve que hacer para poder hacerlo? Permitidme ser grosero mi señora. Aquello no estaba resultando como debía y tuve que pensar en vos para poder cumplir. Sí, mi señora, en vos. En cada caricia, en cada beso, en cada empuje. En vos porque si no, no sentía absolutamente nada.

– ¡Mentira! -sin que el caballero negro se diera cuenta, sacó una daga y le apuntó directamente al cuello.

-Ahí no mi señora -cogió la blanca mano y movió la daga del cuello al corazón- Aquí. Si queréis matadme hacedlo, pero atravesadme el corazón, no dejéis ni un solo resquicio de lo que siento por vos.

Se oyó el ruido del acero al caer. Se oyó el llanto desconsolado de la dama blanca. Ambos se fundieron en un abrazo. Unieron sus bocas en un desesperado intento de respirar el uno del otro. Las ropas cayeron al suelo y los cuerpos sobre la cama. Salvaje y dulcemente, con necesidad, se tocaron, se bebieron, se comieron, y él la poseyó. Con ganas, con entrega. Y al terminar se tendieron abrazados junto al fuego siendo dos personas nuevas. De pronto, él notó algo húmedo sobre las pieles. Era sangre.

-Mi señora… ¡estáis sangrando!

Con el rostro solemne le miraba intentando que comprendiese lo importante del momento.

-Yo sí lo guardé para vos.

La abrazó con todo su cuerpo y desde aquel momento fueron uno. En la paz y en la batalla. Por toda la eternidad.

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