cristales rotos

No podías faltar tú en uno de mis relatos. Recuerdo el primer día que te conocí; me pareció que te desenvolvías a otro nivel, en otra dimensión. Qué equivocada estaba…

Te convertiste en mi modelo a seguir. La oportunidad de trabajar a tu lado era mi objetivo. El día de mi incorporación ni siquiera estabas. Me tuve que buscar la vida en un mundo nuevo, un sitio nuevo, unas relaciones nuevas que yo no conocía. Un nido de víboras. Todas, unas víboras. Todos, unos dioses por encima de los demás.

Poco a poco aprendí a sobrevivir y me hice grande a base de sangre, sudor y lágrimas. Sí, lágrimas. Y noches sin dormir.

Y al final me transformé en una máquina de alto rendimiento de la que todo el mundo tiraba. Entonces comencé a innovar, a crear, a dar resultados grandes también. Y tú, sibilinamente, te ibas poniendo mis medallas. Y eso…eso no está bien.

Se me cayó un mito. Pero de golpe; tanto, tanto, que pasaste del pedestal al inframundo. Y ahora que ya no estoy, ¿sabes qué? Que nunca tendrás otra como yo. Y lo sabes. Y eso, lo vas a recordar hasta el último de tus días. Y lo sé.

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