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Muda. Petrificada. Con ganas de vomitar. Con una mezcla entre fuego y hielo albergados en la caja torácica. Sujetando como si fuera una cuadriga las ganas de llorar para que las lágrimas no asomaran a mis ojos; si lo hacían, callarías para siempre y yo me quedaría a medias de saber la verdad, toda la verdad. Esa verdad que comenzaba a ser peor de lo que había imaginado. Más difícil de soportar de lo que yo había creído. Una dualidad para la que ya me había preparado, pero que superó todas mis expectativas. Algo que llevabas guardado ahí cuarenta años, como un cáncer, algo que te consumía por dentro, cada día de tu vida. Te sorbía la vida, literalmente; te agotaba, te anulaba, te doblegaba.

Y yo, ¿cómo hago ahora para digerir… tan aberrante verdad? Sólo pensarlo me da náuseas, sólo pensarlo no doy crédito, y tengo que idear la manera de albergar el bien y el mal dentro de la misma persona.

Aquella que tanto veneré. Aquella que tanto lloré. Perdóname. Nunca supe nada y ahora entiendo todo. No calles más. Aprovecha el camino que queda. Haz lo que quieras, sólo lo que tú quieras. No hables, tan sólo hazlo.

Qué vida tan dura, si pudiera dar marcha atrás para tratar de confortarte… Pero no puedo. Ni hacia adelante tampoco, porque sólo existe el hoy. Así que trataré de hacer lo único que está en mi mano: intentar confortarte todos los “hoy” que queden…

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