mujer túnel
Foto: Pixabay.com

Toda una vida había pasado desde que aquel cuento de hadas acabase en nada. La inexperiencia. La juventud quizá. Las diferencias entre lo que uno y otro querían. El caballero que una vez la liberó de sus cadenas la dejó después a merced de su propia vida. 

Y así efectivamente transcurrió para los dos. Otros mundos, otros caminos, otras gentes, otras elecciones, otras decisiones. Y ningún contacto. Un pasado enterrado, como tantas otras cosas. Algún recuerdo quizá, unos buenos, otros malos, y otros… agridulces y nostálgicos.

Sin embargo, la vida es caprichosa. ¿Destino? No. Es la propia vida que está viva y que palpita, que se mueve y que a veces necesita emociones fuertes. Y esa misma vida de pronto los pone frente a frente, sin querer. 

Increíble; tanto tiempo y sin embargo parecía que se hubiera congelado, todo igual y a la vez tan diferente, con mucho bagaje a las espaldas. Un tanteo. Sólo uno bastó. Esa voz y esa mirada no pudieron perdonar. Algo inacabado, o algo con las mismas reglas para los dos. Qué mas da…

Una pregunta, un beso. Un abrazo, una fusión de los dos. Pupilas que se clavan en las otras y fluir… La ropa cae, la piel se pega y dos lenguas ya conocidas se saludan de nuevo mientras las manos recorren lugares en los que ya habían estado. Un estigma que era recordado. Y finalmente, uno dentro del otro, terminan el agujero temporal que habían creado.

De pronto él dice:

-¿Sabes? Si ahora mismo no volviese a estar con nadie más, tú serías la primera y la última mujer con la que he estado en mi vida.

Qué frase más bonita. Qué cosa tan extraña. 

 

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