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Caminaba por el bosque medio a oscuras, sin rumbo fijo, pero con toda la rapidez que su lamentable estado la permitía. Sus harapientas ropas estaban empapadas por el aguacero que caía, y rasgadas por las torturas recibidas. Pero ella no sentía ni el frío ni la humedad. Ni tan siquiera las laceraciones por los pedazos de carne que habían saltado de su espalda a golpe de látigo, a fin de arrancar una confesión que no era real.

La madera podrida de los barrotes de la carreta donde la llevaban se quebró, y consiguió escapar, no sin antes recibir los golpes de la comida putrefacta que la gente le tiraba, los escupitajos e incluso orina y excrementos que lanzaban desde vasijas.

Escuchaba tras de sí los gritos de la gente, podía oler el fuego de las antorchas y percibir el ansia de caza de los perros. Apartaba las ramas que herían su rostro, y que hacían confundir las gotas de sangre con sus lágrimas. Lloraba. Lloraba porque no entendían que su falta había sido cometida por el maligno, a través de sus manos, sí, pero con su voluntad anulada. Se había encomendado al Rey de los cielos. Había suplicado al príncipe de las tinieblas. Pero sus ruegos debieron perderse por el camino, y ninguno la oyó.

Ya no podía más. Las piernas le fallaban, y estaba muy débil por los días que la habían tenido encerrada sin comer ni beber, y por la sangre que había perdido debido a las diversas torturas. Entonces, divisó a lo lejos una roca enorme. Y haciendo acopio del último aliento que le quedaba, se dirigió hacia allí. Se arrodilló, mientras la lluvia le caía encima como un manto, y se dirigió a San Benito, diciendo: “Vade Retro Satana. Non Suade Mihi Vana. Sunt Mala Quae Libas. Ipse Venena Bibas.”

Y así, esperó que la gente enfurecida y los perros ávidos de presa se aproximaran. Al instante sintió cómo las dentelladas por todo su cuerpo despedazaban lo que quedaba de ella. Los golpes descargados con los mazos de madera quebraban sus huesos. No sentía dolor físico alguno. Era mayor la pena y la tristeza. Y de pronto, todo se hizo negro.

El día siguiente amaneció claro y despejado. Los rayos del sol se filtraban ligeramente por un hueco de las cortinas, e hicieron que abriera lentamente los ojos. Su cama. Su casa. “¿Estoy en el cielo?”-pensó. Se levantó despacio y se percató de que había una cuna junto a su cama. Su hijo dormía plácidamente, y no pudo evitar el impulso de cogerlo con mimo, abrazarlo y besarlo, mientras lo acunaba junto a su pecho. “Sí, esto debe ser el cielo”. De pronto, escuchó una voz tras de sí que decía: “Catalina, ¿ya despierta? Has madrugado mucho. Ven, mujer, deja que os abrace yo también”.

Ella se acercó a su marido con lágrimas en los ojos, sin entender nada, y pudo verse reflejada en el trocito de espejo que había enfrente de la cama. Sus cabellos rojos y rubios como la seda, su piel intacta como el algodón. Algo llamó su atención súbitamente en el alfeizar de la ventana. Una paloma blanca se había posado con algo en el pico. Al acercarse, vio que era una ramita de olivo lo que le había dejado.

Y entonces comprendió que efectivamente estaba en el cielo. Pero en el que hay en la tierra en ciertos lugares y con determinadas personas.

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