ALIENACIÓN Y DOLOR

pixabay.com

No es la pérdida de un sueño cumplido, porque ese sueño era burdo y mediocre y yo no lo quería así. No es la pérdida de una actividad maravillosa para mis oídos y que sabía amansar a la fiera que habita dentro de mi cráneo. No es la pérdida de alguien que resultó ser un lacayo. ¿Quién no querría librarse de uno?

Es el dolor de la caída. De la caída desde el pico más alto, estamparte contra el suelo, y al recobrar el conocimiento no entender nada. Y tras unos minutos mientras te quitas la sangre, tierra y hojarasca de la cara, entonces echas las manos a la cabeza y piensas aterrada: “¿pero qué he hecho”.

Y sientes que de pronto has estado viviendo una vida que no era tuya, mejor dicho, en la que no eras tú. Te sientes como una marioneta incapacitada para haber dirigido los hilos de tus propios actos. Sientes que algo maligno también ha tenido algo que ver. Y sientes miedo, mucho miedo.

Miedo, porque no has sido capaz de luchar contra las cosas ajenas a tu voluntad. Terror, por el daño, la pérdida, y aquello que potencialmente también habría podido desaparecer. Pánico, porque no sabes cómo hacer que te entiendan y cómo arreglar esto.

Pero lo que la gente no sabe es el por qué del continuo dolor. Dolor porque es difícil que comprendan. Dolor por el dolor ajeno que tienes que sanar. Dolor por esconderte para que lo mejor de este mundo siga siendo feliz. Dolor por tu corazón roto, que tienes que intentar recomponer a solas, pues tienes que estar lo mejor posible para ayudar. Dolor por el arrepentimiento más insoportable experimentado jamás en tu vida. Dolor por la repudia, porque al abrazarte a lo que pensabas que te daría algo de consuelo, te condena y te abandona por formas de proceder que te chirrían al oído con lo que predican habitualmente.

Dolor por todo eso. Y encima, sin haber podido ser dueña de tu voluntad.

A partir de ahora serás mía, mía para siempre, te encerraré en una cárcel en forma de rosario con la cruz de San Benito, para que ningún enviado por el Príncipe de las Tinieblas te quiera alienar de mí. Y si en algún momento, voluntad, intentas siquiera escapar de mi raciocinio, te daré caza. Porque tengo un caballero templario que vela por mí, y espero que lo siga haciendo hasta que la muerte nos separe. Se llama Óscar, y no tendrá piedad contigo.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .