Impensable. Imposible. Inalcanzable. Pasado. Olvidado. Cerrado. Enterrado. Anulado. Incinerado. Eliminado.

Y de repente allí estaba, delante otra vez de aquel talismán que le hacía centrar su actividad cerebral en una sola cosa, y conseguía que, por un periodo de tiempo, su mente pudiera descansar.

Sin embargo, esta vez había algo diferente: otro ambiente, otro paisaje, otro aire que respirar, otros sonidos. Se encontraba en aquella pecera en la que ya una vez estuvo y abandonó. Pero esta vez, se sentía tranquila. Segura. Una corriente de seriedad y profesionalidad hacía que nadara cómoda en su pecera, haciendo piruetas en los torbellinos de agua y avanzando sobre las corrientes.

Respiró hondo. Y así, hizo lo que nunca jamás pensó que volvería a hacer: Se colocó los cascos. Se acercó al micrófono. Y voz y melodía se unieron en una sola dentro de su pecera.

Y una chispa de alegría prendió en su interior.

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