La luz antes del trueno

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Un día cualquiera de un año cualquiera a una hora cualquiera. La sobrecarga en la red y el acúmulo de circunstancias, la obligación de ser políticamente correcto con los que no lo son, tener que respetar las opiniones de aquellos que no respetan las de los demás, un sistema que no valora el esfuerzo, una sociedad cada vez más cancerígena… Y su mente enferma… La gota que colmó el vaso… Aquella que todo el mundo pensaba que “estaba bien”, “como todos”, “no te pasa nada”… No, como todos, no. Porque entonces no estaría enferma.

Ignorantes. Incautos. Desagradecidos. Malditos. Pero había llegado la hora de que cambiaran las tornas. Iban a pagar todos. Los que habían hecho y los que no. Cualquiera que se interpusiera en su camino. Ropa estrecha, maquillaje, melena suelta y cara descubierta. No tenía nada que ocultar, no tenía miedo, le daba ya todo igual porque estaba absolutamente HARTA.

Una preciosa katana colgaba delicadamente de la pared de su salón. Se quedó mirándola fijamente y decidió que sería perfecto. Se la colocó a la espalda con su funda y salió a la calle con paso firme. Se dirigió sin pensárselo dos veces al centro de especialidades donde tantas veces le habían ninguneado, ignorado y abandonado. Y entrando por el pasillo de las consultas de psiquiatría comenzó a abrir las puertas de una en una a patadas.

Primera consulta, corte limpio a doctora y paciente. Segundo y medio tardó. Dos cabezas rodaron por el suelo mientras las paredes teñidas de rojo escurrían ese maravilloso líquido viscoso que se había esparcido en una explosión de color. Tres sillas en el pasillo, tres pacientes esperando. Tres golpes, pero esta vez… tres semicuerpos cayeron al suelo mientras el resto permanecían sentados en las sillas. Segunda consulta, un sólo doctor y un residente. Sus cabezas permanecieron unidas pero no dejaba de manar sangre por un corte transversal desde la unión de los parietales del cráneo hasta la traquea.

Tercera consulta y ¡oh, sorpresa! ¡Allí estaban ellas! Las que peor le habían tratado. Las que le habían hecho sentir ansiedad anticipatoria. Las que no le habían ayudado una mierda. Las que no habían empatizado con el paciente. Las que no le habían dado herramientas. Las que no le habían prestado ayuda cuando más lo necesitaba. Ellas… Ellas sí que no tenían perdón de Dios. Y mucho menos, el suyo. Con hábil movimiento, atravesó sus corazones, si es que se los podía llamar así, y con una navaja de gran calibre que portaba encima se los extrajo y los puso sobre la mesa pinchados con un bolígrafo cada uno.

Ah, qué sensación… Su cara y sus manos sentían la temperatura de la sangre, su textura… Salió de allí, todo fue tan rápido que no dio tiempo a nada más, y desapareció rápidamente como un fantasma. Llegó a casa y decidió darse un baño. Cogió la katana para limpiarla también. Puso velas, aceites esenciales. Un merecido ritual. Y sumergida en el agua, cuando la katana estuvo impecable, la levantó en posición de ataque. Vio el reflejo de las velas en el frío metal, y entonces se dio cuenta de que lo último que habían visto todas aquellas almas en pena antes de morir, fue la luz antes del trueno.

2 respuestas a “La luz antes del trueno

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