La foto enterrada y otras señales

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La muerte le sorprendió con cuarenta y ocho años. Su hija sólo tenía doce. Murió delante de ella, en casa, de repente. Sus coronarias no soportaron el estrés y otras cosas. Y esa fue la última imagen que ella tuvo del él: caído en el suelo del aseo mientras se ponía las deportivas y con una gota de sangre rodando por el puente de su nariz. Nadie la llevó a despedirse de él. Nadie la llevó a que pudiera recordarlo con otra imagen. Quizá pensaron que era lo mejor.

Desde esa misma noche los sueños con su padre eran constantes y casi a diario. En ellos mantenían largas conversaciones sobre diferentes cosas. Ella pensaba que sólo eran sueños pero estaba equivocada. Sigue leyendo

Amanecer

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Supongo lo que debió sentir aquel hombre llamado Juan al frente de su tripulación española cuando avistó Zamá allá por el año 1518. Una fortaleza imponente bañada por el mar Caribe en uno de sus lados. Tanto fue así, que no se atrevió a acercarse a la barrera de coral. Una de las principales ciudades mayas durante los siglos XIII y XIV por su explotación de recursos marítimos e intercambio comercial. Sin embargo, aunque avistada en aquel momento de la historia, el origen de sus construcciones se remontaba a los años 1200-1500 a.C.

La más imponente, el Castillo, desafiante sobre el acantilado a 12 metros de altura sobre el mar.
Unas mil personas habitaban aquella hermosa y perfectamente estructurada ciudad, realizando sus actividades cotidianas en armoniosa convivencia. Dedicada al planeta Venus, la ciudad tenía una deidad dual: lucero de la mañana y estrella del ocaso. Hermoso, ¿verdad?. Un entramado de verde y piedra, de fuego y noche, de sol y agua. De selva. Tenía el nombre idóneo: Zamá, que significa amanecer. Idóneo en varios sentidos: el alba. La prosperidad. No imaginaban que llegaría el día en que su nombre ya no significaría nada… Sigue leyendo

SAKKARA

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Caminaba por la dársena número doce directo al puesto 2; tras una larga y atareada semana y unas cinco horas de coche, al fin había llegado su momento. Aquel en el que se sentía él mismo. Nada más poner un pie en su barco, él se transformaba. No le importaba si era invierno o verano, si hacía viento o no, pues su habilidad en navegación le había permitido repostar combustible en el mes de octubre y no tener que hacerlo de nuevo hasta el agosto siguiente: tenía el don de utilizar las velas a su antojo. La más pequeña, curiosamente llamada la Mayor. Sigue leyendo

La sirena y el mar. #UnMarDeHistorias

Te miraba de lejos y te miraba con furia. Tu sola presencia me irritaba. Tus aires de todo saberlo me hacían desquiciar. Evitaba acercarme a ti como evitaba acercarme al mar embravecido, o bañarme bajo una bandera roja. Qué ilusa pensar que las fuerzas de la naturaleza podrían estar bajo el control de uno mismo. Al igual que no se puede domar la fuerza del mar, no se pueden domar otras cosas.

Sin embargo, algo empezó a cambiar sin razón. Tu presencia en aquel despacho me agradaba, el timbre de tu voz me resultaba delicioso, y esa espectacular sonrisa martilleaba en algún sitio ilocalizable de mi ser. Y yo seguía teniendo cuidado de no acercar los pies a la orilla. Seguía con miedo de aquella bandera roja. Con miedo de aquellas olas grandes, de aquel mar imponente azul oscuro. Hasta que, en un descuido, una ola gigante me atrapó. Me engulló, me arrastró hasta el fondo con violencia y sin compasión. Y cuando me devolvió de un coletazo a la superficie, en mis labios había sabor a agua y sal: me habías besado.

Y entonces, como la Bella Durmiente, desperté a la vida. Todo el letargo anterior se esfumó y empecé a sentir, a vibrar, a respirar. Mi cuerpo, como el de una sirena, se movía presto en ese mar que ahora era cristalino, con aguas en calma que me abrazaban suavemente, quedamente. “No me provoques o me quedaré para siempre contigo”, dije. Y súbitamente, otra ola me arrulló, me sumergió profundo y me enseñó el colorido del fondo del mar. Me liberó para que pudiera subir a la superficie y me sentí viva: me habías besado de nuevo.

Te convertiste en mi mundo con la inmensidad de tu océano fagocitándome en cada abrazo; te convertiste en cada una de las veinticuatro horas de mi día; te convertiste en el aire que respiraba y en lo que me mantenía con vida. Y aquella sirena quiso quedarse en aquel mar por toda la eternidad. Pobrecilla, no esperaba las batallas que habría de librar.

Tuvo que escapar de las fauces de tiburones, sortear arpones de pescadores. Apartar gente tóxica que teñía de negro su mar, que se alteraba y se rebelaba. Nadar contra corrientes que la empujaban en dirección contraria. Sin embargo, contra todo eso venció. Y el mar se calmó. Las aguas se amansaron y tornaron cristalinas.

Y desde entonces vivimos un mar de emociones. Un mar de aventuras. Un mar de historias.

Yo, tu sirena. Y tú, mi mar.

Juntos, en la calma y en la tempestad.

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La muerte inmortal

Conducía su precioso Range Rover Evoque rojo por la carretera. La tarde moría con una temperatura agradable por la brisa a pesar de ser verano. Habían ido al cine y luego a tomar algo, lo habían pasado genial y sobre todo había sido un plan estupendo para lo que más amaba en este mundo: su hijo.

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Volvían a casa. El camino era agradable y una sonrisa involuntaria se dibujaba en su cara. Hasta el aire le traía un olor familiar. Miraba por el espejo retrovisor y veía todo su universo concentrado en un cristal rectangular: La cara de felicidad de su hijo y la sonrisa cegadora de su marido. Aquella imagen le producía tanto amor y tanta ternura que le dolía. No quería que nada ni nadie pudiesen romper aquello. De ninguna forma. En absoluto. Debía durar para siempre. Ella quería inmortalizar la felicidad. Pobre mente enferma… Sigue leyendo