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Recaída

Y allí la tenía otra vez de frente, cara a cara. Yo pensaba que aquellas viejas heridas habían cerrado, pero no; comenzaron a sangrar. Parece mentira cómo, aunque pase el tiempo, hay cicatrices que tardan en difuminarse. Y algunas, puede que no se borren nunca.

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Y entonces me di cuenta de que aquel dolor que estaba sintiendo no era por mí; me daba igual, me era indiferente, ya no me afectaba. Aquella punzada que estaba experimentando, formada por una mezcla de dolor, ira, tristeza y rabia, era por alguien mucho más importante: él.

Él lo es todo. Mi universo. Mi pequeño gran maestro. El que me enseña todo aquello que no sé. El más noble y bondadoso de entre todos ellos. El inocente. El del corazón más grande.

Y por él soy capaz de morir. Soy capaz de matar. Así que no te acerques a su espacio vital. No se te ocurra ni tan siquiera robarle un metro cúbico de aire. Porque me debo a él y por él tomaré la justicia por mi mano si es necesario, si el entorno no se ocupa de poner las cosas en su sitio.

Así que, allí la tenía otra vez de frente, cara a cara: la hipocresía.

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¿Te vienes conmigo?

Se condensó el aire
y se nubló el cristal,
cuando el camino estrecho
se empezó a esbozar,
y la maleza muerta
junto al secarral
hacía de cortina
para el caminar.

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El muro de piedra
y las cruces de granito,
lucían aún más bellos
que aquel cielo infinito,
con la luna alumbrando
el sentir más bonito,
y estrellas arropando
las almas en un grito.

Y el andar se hizo galope,
y el galope se hizo amigo
de las gotas de sudor
derramándose en el trigo,
y para compartir el viaje
le dijo la flor al testigo:
«sígueme, yo me vengo,
ven, ¿te vienes conmigo?»

Yo soy de piel

La lluvia al fin.

La que limpia mis heridas.

La que baña mi cuerpo

y rellena las grietas producidas

por su ausencia prolongada.

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La lluvia al fin.

La que repone de lágrimas

ese saco vacío,

para ser derramadas de nuevo

cuando falte.

Porque yo soy de piel,

y si no hay lluvia

me marchito,

al tratar de subsistir

regando con mi propia

mezcla de agua y sal.

Porque yo soy de piel,

y me oriento hacia la lluvia

sea donde fuere

que caiga.

Es mi naturaleza.

Porque yo soy de piel.

La sirena

Desnuda sobre la cama, había cambiado sus escamas verdes por piel suave como la seda. Piel blanca, fina y delicada, “como la de mi abuela”, decía él. Así la recordaba.

Mas era una sirena, y aun bajo su aspecto temporal de mujer debía mantenerse húmeda…

Su cabello rojo, denso y fuerte, se mantenía húmedo por el sudor que emanaba de su cuello en respuesta a los besos ávidos y calientes que él la regalaba.

Su busto, tenso y ardiente, se mantenía mojado por los paseos lentos pero firmes de la lengua contraria.

Su ombligo… Latía… Acuoso, por las manos abrasadoras y firmes que no dejaban de acariciarlo.

Y sus piernas… La parte más importante, pues era donde albergaba las escamas… Sus piernas estaban empapadas por finas gotas de placer, como una lluvia de gozo, que la hacían estremecerse en el vaivén de las olas del mar que él la ofrecía.

Y así, la sirena, se saciaba de su cuerpo terrenal antes de volver a su forma original, no sin antes rememorar la dulce miel que había probado en sus labios…