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Momento café

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Caliente, Amargo, Fuerte y Expreso. Parecido pero casi. Me gusta más tu olor que el del café recién hecho, que ya es decir. Aunque últimamente hayas cambiado de fragancia. Es el sustrato de tu piel lo que le da el matiz que a mí me engancha. Momento café, lo llamas; ese que tú no tomas. Sin embargo yo, lo necesito. Con leche. O detergente. O suavizante.

Caliente, sí, caliente como el café recién hecho. Así es tu cuerpo si me acerco, si te abrazo. Hasta esa ligera aspereza de la piel de tu rostro es caliente. Aspereza que contrarresta con la suavidad de mi piel, siempre lista. “Qué suave eres”, dices siempre que tus dedos me acarician. Qué curioso, la anchura de tus hombros es perfecta para mí. Y me acoplo en ellos, y vuelvo a sentir calor. Un abrazo fuerte y recíproco. Fuerte, sí, como el café recién hecho. Recíproco y estrecho. Muy estrecho.

Y entonces algo combustiona espontáneamente. Y yo sólo quiero beber de ti, como de una taza de café. Arde. Mi cuerpo arde. Por fuera y por dentro. Es deseo manifiesto, expreso. Expreso, sí, como el café recién hecho. Deseo de abandonarme al momento, de dejarme derretir en las brasas de lo espontáneo. Me engancho a tus labios y su solo roce me sume en el aquí y ahora, en el vacío absoluto. Y de ese vacío me rescata tu lengua que me lleva a ese instante que hay tras cada inhalación y tras cada exhalación. Ese instante que no es NADA y lo es TODO.

Un contratiempo interrumpe. Y el momento de separar ambos cuerpos resulta amargo. Amargo, sí, como el café recién hecho. Y así se quedan las ascuas, avivadas por el recuerdo tangible del momento café, avivadas por el deseo de, por una vez, ser tu único café del día y que me tomes caliente, fuerte y expreso. Y amargo sólo cuando te marches.

Y todo con sabor a café recién hecho…

Una, coincidencia. Dos…

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Verano… El estío ha hecho su estreno con un calor intenso acompañado de alguna fuerte tormenta ocasional. Tras cada chaparrón, la temperatura y humedad que ascienden del suelo son sofocantes. La nueva estación ha sustituido la amplia gama de verdes por tonos ocres, cobres y pajizos, y el horizonte se ve dorado… Salvo el páramo, que allí sigue, verde, imponente… Parece como si permaneciera impasible a todo lo que acontece. Y tú, feliz en tu coche, a una temperatura agradable con el aire acondicionado, volviendo a casa tras la jornada de trabajo, por esa carretera que tanto te gusta, que te transporta a otro lugar en absolutamente todas las épocas del año. Son las diez menos cinco… no, menos seis minutos de la noche… ¿noche?… El sol todavía está a medio esconder y los destellos rosas y naranjas todo lo inundan, proporcionando aún una claridad con la que las gafas de sol no sobran. Qué curiosos son estos días, los más largos del año. Y cuánto te gustan… Una manifiesta sonrisa se dibuja en tu rostro. No la escondes, ¿para qué? Y disfrutas; disfrutas de la conducción como a ti te gusta hacerlo, por esa carretera… tu carretera, como te gusta llamarla. La que es tu punto de inflexión en tu regreso a casa. Y así, sonriente, miras a lo lejos y ves el páramo. “Es realmente bonito” piensas. Y al traer de nuevo la vista al frente algo hace que te sobresaltes y que tu sonrisa se transforme en una expresión de asombro… Allí está, es… sí, es esa figura de mujer de aquella vez, pero ahora la ves más nítida. Está pálida y su rostro tiene una expresión de dolor, de tristeza, de angustia y de miedo, como no lo has visto nunca en tu vida. Hace aspavientos con los brazos y se cubre la cara con las manos… Solloza… y de repente ¡¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! El claxon de un coche te arranca violentamente de aquella escena, pues estabas invadiendo el carril contrario, das un volantazo, tratas de hacerte con el control de tu vehículo y … lo consigues!!. Acabas deteniéndote en el margen derecho de la carretera sin haber sufrido ningún rasguño. Ni el coche tampoco, menos mal. “Ufffff”, resoplas, recobrando la calma. Decides encender las luces de emergencia, ponerte el chaleco reflectante y bajar del coche, para comprobar de una vez por todas qué le ocurre a esa mujer, pues te has detenido a escasos metros de donde la has visto. Caminas, mirando a ambos lados, y cuando llegas al lugar… nada… Miras a todos lados pero no ves nadie alrededor. Ni a lo lejos. No entiendes nada, la confusión se apodera de tu cabeza, y un hilo de pánico empieza a llamar a tu pecho. Respiras profundo. “Cuando haya algo que te saque del aquí y ahora, sólo tienes que conectar con tu respiración” recuerdas que siempre dice tu profesora de Yoga. Parece que funciona. Tras tres o cuatro respiraciones comienzas a recobrar la calma y el autocontrol. Decides volver al coche. Te sientas en el asiento del conductor y miras por el retrovisor hacia la luna trasera. Nada… Emprendes la marcha a casa con la diferencia de que ahora sí te sobran las gafas de sol. La claridad es bastante menor. Llegas a casa, aparcas tu vehículo y tras descansar un rato, te sirves una copa de vino. Marqués de Cáceres del noventa y cuatro, excelente. Uno de tus favoritos, de los que ya van quedando escasas botellas. Y piensas, “claro, me las he bebido yo todas”, y vuelves a sonreír. Y en ese estado de tranquilidad, de bienestar, de protección, decides ponerte a buscar información en la red sobre cosas en las que no crees…

EL AMOR NO ES SUFICIENTE

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Dicen que el amor todo lo puede. Pero no es así. No existen los cuentos de hadas y princesas donde encuentran a su príncipe azul y son felices para siempre. El único amor incondicional que existe es el de tu perro hacia ti. Leal, sincero y para siempre. Hasta que la muerte os separe. La suya… O la tuya. Y no puedo poner como ejemplo de amor incondicional el que siente una madre hacia su hijo, porque lamentablemente todas las madres no son iguales ni sienten así.

Y entre las personas ocurre lo mismo. No tenemos esa nobleza ni esa bondad natural. Y por ello el amor no es suficiente. Cuando todo pasa, cuando todo acaba. Cuando el enamoramiento se marchita, cuando las hormonas tocan a su fin. Cuando desaparece la aventura, la diversión, el entretenimiento, la ausencia de preocupaciones y responsabilidades. Cuando vienen problemas, dificultades, dudas, pruebas, señales, contratiempos. Cuando todo alrededor se derrumba y se viene abajo cual castillo de naipes. Porque estas cosas pasan. Entonces el amor no es suficiente. Puedes querer mucho a una persona y separarte de ella. ¿Os ha pasado alguna vez? Pensadlo. ¿Y por qué el amor no es suficiente? Porque lo que toda la vida hemos entendido como amor ha sido un concepto erróneo. Un estereotipo maldito.

El verdadero AMOR es “ESO” que queda cuando parece que no hay nada, cuando el velo de lo idílico ha sido retirado por el paso del tiempo, cuando la convivencia ha hecho su mella y de repente te das cuenta de que hacéis un gran EQUIPO. Que funciona. Que da resultados. Que sabe atrincherarse contra viento y marea cuando hace falta. Que mantiene la balanza equilibrada  siempre en movimiento y dentro de rango. Que si uno cae, el otro tira. Que yo para ti y tú para mí.

Cuando no son “medias naranjas”, sino que uno más uno son DOS.

Cuando se acaba aquello que tenías y en vez de caer al vacío asciendes al siguiente nivel. ESO ES REALMENTE EL AMOR.

Veintidós de septiembre de mil novecientos noventa

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¿Cómo concentrar en cinco líneas lo que se siente cuando la conoces en tu propia casa? Me refiero a ella, la muerte.

Hoy os voy a compartir un microrrelato propio que fue seleccionado para formar parte de la antología “Microrrelatos Otoño e Invierno” del grupo Diversidad Literaria.

Lleva el mismo título que este post.

Llegaste en tu primer día de aquel año, suave, como si aún sujetaras de la mano el final del verano. Cálido, soleado, y con la suave brisa meciendo las copas de los árboles. Y como si no te importara, me arrebataste de repente lo que más quería. Cayó al suelo como las hojas que tú marchitas… muerto… sin vida… Otoño, marchitaste la fuente de mi felicidad… Y con sólo doce años…

Yo sé qué te pasa

 

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Yo sé lo que te pasa. Desde que eras niña tienes carencias afectivas. Primero con tus padres, luego con tus hermanos. Con tus padres porque para ellos sólo eras un peón más potencial fuente de traer dinero a casa…  Con tus hermanos porque siempre eran ellos antes que tú. Y así tu niñez, si es que se le puede llamar así, y después tu adolescencia. Luego te convertiste en una mujer hecha y derecha, y cada trabajo que hacías era para llevar el dinero a casa. Y después te casaste. Te casaste para salir de casa de tus padres. Y no sé por qué pero siempre dices que tu boda no fue lo que tú querías. Sólo sé que fue un 28 de enero, que llovía a mares, y que en el momento en que tú marchabas para la iglesia lucía el sol. Y que estabais muy guapos.

Prácticamente al año o año y poco nací yo. Y eso fue lo que terminó de desarmarte. Dejaste de trabajar y te quedaste diez años a mi cuidado. Hay otras madres que lo desean; tú no. La decisión la tomó mi papá. Y dejaste de hacer lo que más te gustaba en el mundo: trabajar. Y aunque me cuidabas, consolabas y protegías, me veías como la causa de tu disconfort con la vida.

A los diez años de yo nacer retomaste la actividad laboral, gracias a mi papá, que te buscó un trabajo estupendo en lo que más te gustaba. Fueron los mejores años de tu existencia. Pero a los dos años de aquello Dios quiso que te quedaras viuda con un piso a medio pagar y una hija preadolescente que había visto morir a su padre con sus propios ojos.

Y te volviste tóxica. Te volviste tóxica con tu mejor intención porque no sabías hacerlo de otra forma. Y te refugiaste en el trabajo. Y en casa no se hablaba, no se compartía el dolor, no se gestionaban emociones. Pero seguimos adelante. Por un camino muy tortuoso. Pero seguimos.

Y ahora, después de mi punto de inflexión hace casi tres años, después de haberme roto y haberme vuelto a rehacer, te digo: sé lo que te pasa.

Por eso te invito a salir de ahí, a quererte, a dejarte querer, a ser egoísta, a vivir el aquí y el ahora. Y a disfrutar lo que te quede de vida sin la obligación de servidumbre hacia los demás.

Y como tú me dices a mí: nunca te quedes con ganas de hacer algo en la vida.

Viaja, sal, entra, ríe, llora, disfruta, ama, haz locuras, improvisa, piensa en ti, sé tú misma, que no te importe lo que piensen los demás, y sobre todo: ESTÁTE EN PAZ CONTIGO MISMA.

Confía en mí. Te quiero. Lo sabes.