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Mi luna y mi sol

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No me crees, ¿verdad? No te crees nada de lo que me propongo. Mi condición condiciona. Me precede en todo lo que hago, digo y pienso. Me estigmatiza. Me estereotipa. Me resta credibilidad. Antes de tan siquiera poner nada en práctica. Pero lo entiendo. Claro que lo entiendo. Demasiado ensayo y error. Demasiado caerse y volverse a levantar. Quizá sería mejor no levantarse más… No, aún no. Quizá todavía estoy a tiempo. Pero es muy difícil porque si estoy en el valle, malo. Y si estoy en la cima, peor. Aunque a mí en la cima es donde más me gusta estar. Siempre he estado allí, no sé estar en otro sitio. Aquí abajo estoy incómoda, me siento extraña, no es mi hábitat. Y en medio tampoco es que me emocione demasiado estar. Más bien es aburrido. A mí me gusta (sonrío) subir a lo alto de la montaña donde todo lo huelo, todo lo veo, todo lo siento y todo lo escucho. Donde puedo ver la luna sin nadie que se interponga. Donde me siento grande, indestructible, sobrenatural. Donde sé que puedo hacer todo lo que me proponga. Donde sé que puedo cumplir todos mis sueños. Donde soy especial. Hasta que Leer más → Mi luna y mi sol

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MARIPILI

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Hoy quiero hacer una reseña a este libro, algo que debería haber hecho hace tiempo. Lo descubrí en un curso sobre Comunicación y Liderazgo Femenino que impartía su autora, Carmen García Ribas. De esto hace ya unos años y recuerdo que tras el curso tardé muy poco en comprar el libro. Las cosas de las que hablaba Leer más → MARIPILI

Mi primera vez contigo

Recuerdo no haberme fijado demasiado en ti la primera vez que nos vimos. Aquel día que fuimos juntos a unas jornadas científicas en el Centro de Transfusión. De hecho ibas algo sucio y desaliñado. Pero curioseando tu interior disimuladamente me pareció ver… lo que realmente eras. Y entonces se me erizó el vello de la espalda. ¿Estaba esto ocurriendo de verdad? De pronto sonó el teléfono; “es ella”, pensé yo, pues pude leer su nombre en letras naranjas. No obstante, hiciste caso omiso a la llamada. “Buena señal”, volví a pensar. Y juntos dejamos transcurrir aquel día como si nada. Sin embargo, el deseo ya se había apoderado de mí. Deseo de tenerte. Poseerte. Cada vez que te contemplaba, imponente, potente. Cada vez que pensaba en ti y al mirar por el espejo retrovisor ahí estabas. El corazón me latía tan fuerte que a veces sentía que se salía de la caja torácica. Y entonces sin quererlo, pero con toda mi pretensión, hice todo lo que sutilmente pude para que fueras mío. Aunque sólo una vez fuera. Pero tenía que hacer mi sueño realidad. Y de pronto, en el momento más inesperado, te tuve. Fue un acoplamiento perfecto en el que me enamoré del tacto y el olor de tu piel, de tu potencia, de tu manera de moverte. Eras como una prolongación de mi cuerpo y nos comportábamos como si fuéramos sólo uno. El disfrute era tan orgásmico que nos poníamos a ciento sesenta sin darnos cuenta. Me anulabas la voluntad. Hasta el “momento después” se disfrutaba. Todo se disfrutaba. Y lo que yo pensé que ocurriría una única vez, ocurrió dos, diez… cientos. Y todas y cada una de ellas eran tan adictivas como la primera vez.

Tus asientos de cuero, tus ciento sesenta y tres caballos y tus llantas de perfil bajo me hacían vibrar como pocas cosas en este mundo. Por eso, nunca olvidaré mi primera vez contigo. Mi primera vez que fueron tantas…

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Querido mirlo blanco

mirlo-blanco  “Es un mirlo blanco que no conoce la maldad”, decían de ti. No. Eres un lobo con piel de cordero. Una farsa disfrazada de ojos claros, piel blanquecina y cabellos dorados de inocente princesita. Siempre ahí, donde no debías estar, intentando ocupar un lugar que no te correspondía, que nunca te correspondió. Pero ahí seguías, vestida de mirlo blanco que a todos tanto gustaba. A todos menos a mí, que advertí tus intenciones a la primera, que podía oler la esencia de tu naturaleza bajo esa apariencia dulce e inocente. Nadie me creyó. Y me hacían juicios de valor. Así que me propuse derrotarte. Ardua tarea pues jugabas con toda la ventaja que tu disfraz de mirlo blanco te daba. Estabas hasta en la sopa. Estabas hasta en las situaciones en las que no pintabas nada. Y sabías muy bien cómo hacerlo. Y yo estaba harta de ti. Y sufría. Sufría porque veía en peligro lo que más quería. Ya habías sobrevivido a tu primer enemigo. Y al segundo. Pero a mí no me ibas a sobrevivir. ¿Sabes por qué, mirlo blanco? Porque yo no soy ruin como tú, ni voy de la mano del engaño para conseguir lo que deseo. Porque, querido mirlo blanco, en esta vida hay que saber perder. Hay que saber cuándo es el momento de retirarse. Porque si no, querido mirlo blanco, te arriesgas a lo que te pasó. Sobre todo si te topas conmigo. Sacaste mi naturaleza interior, mi esencia.

mirlo-blanco-negro  Y poco a poco bajo tu manto blanco comenzaron a aparecer plumas negras que iban haciendo caer poco a poco todo vestigio de candor e inocencia.

cuervo  Vaya… el mirlo blanco resultó ser un negro cuervo que lo mismo le daba una baya que un trozo de carroña… Nadie daba crédito, ¿cómo podía ser?

lobo_2 Y en ese preciso instante, fue cuando airosa te di caza y puse fin a tu presencia en mi vida. Saboreando tu corazón todavía latiendo… Qué dulce momento, cuando por fin puedes decir «¿lo véis?».

Momento café

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Caliente, Amargo, Fuerte y Expreso. Parecido pero casi. Me gusta más tu olor que el del café recién hecho, que ya es decir. Aunque últimamente hayas cambiado de fragancia. Es el sustrato de tu piel lo que le da el matiz que a mí me engancha. Momento café, lo llamas; ese que tú no tomas. Sin embargo yo, lo necesito. Con leche. O detergente. O suavizante.

Caliente, sí, caliente como el café recién hecho. Así es tu cuerpo si me acerco, si te abrazo. Hasta esa ligera aspereza de la piel de tu rostro es caliente. Aspereza que contrarresta con la suavidad de mi piel, siempre lista. “Qué suave eres”, dices siempre que tus dedos me acarician. Qué curioso, la anchura de tus hombros es perfecta para mí. Y me acoplo en ellos, y vuelvo a sentir calor. Un abrazo fuerte y recíproco. Fuerte, sí, como el café recién hecho. Recíproco y estrecho. Muy estrecho.

Y entonces algo combustiona espontáneamente. Y yo sólo quiero beber de ti, como de una taza de café. Arde. Mi cuerpo arde. Por fuera y por dentro. Es deseo manifiesto, expreso. Expreso, sí, como el café recién hecho. Deseo de abandonarme al momento, de dejarme derretir en las brasas de lo espontáneo. Me engancho a tus labios y su solo roce me sume en el aquí y ahora, en el vacío absoluto. Y de ese vacío me rescata tu lengua que me lleva a ese instante que hay tras cada inhalación y tras cada exhalación. Ese instante que no es NADA y lo es TODO.

Un contratiempo interrumpe. Y el momento de separar ambos cuerpos resulta amargo. Amargo, sí, como el café recién hecho. Y así se quedan las ascuas, avivadas por el recuerdo tangible del momento café, avivadas por el deseo de, por una vez, ser tu único café del día y que me tomes caliente, fuerte y expreso. Y amargo sólo cuando te marches.

Y todo con sabor a café recién hecho…