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Mi primera vez contigo

Recuerdo no haberme fijado demasiado en ti la primera vez que nos vimos. Aquel día que fuimos juntos a unas jornadas científicas en el Centro de Transfusión. De hecho ibas algo sucio y desaliñado. Pero curioseando tu interior disimuladamente me pareció ver… lo que realmente eras. Y entonces se me erizó el vello de la espalda. ¿Estaba esto ocurriendo de verdad? De pronto sonó el teléfono; “es ella”, pensé yo, pues pude leer su nombre en letras naranjas. No obstante, hiciste caso omiso a la llamada. “Buena señal”, volví a pensar. Y juntos dejamos transcurrir aquel día como si nada. Sin embargo, el deseo ya se había apoderado de mí. Deseo de tenerte. Poseerte. Cada vez que te contemplaba, imponente, potente. Cada vez que pensaba en ti y al mirar por el espejo retrovisor ahí estabas. El corazón me latía tan fuerte que a veces sentía que se salía de la caja torácica. Y entonces sin quererlo, pero con toda mi pretensión, hice todo lo que sutilmente pude para que fueras mío. Aunque sólo una vez fuera. Pero tenía que hacer mi sueño realidad. Y de pronto, en el momento más inesperado, te tuve. Fue un acoplamiento perfecto en el que me enamoré del tacto y el olor de tu piel, de tu potencia, de tu manera de moverte. Eras como una prolongación de mi cuerpo y nos comportábamos como si fuéramos sólo uno. El disfrute era tan orgásmico que nos poníamos a ciento sesenta sin darnos cuenta. Me anulabas la voluntad. Hasta el “momento después” se disfrutaba. Todo se disfrutaba. Y lo que yo pensé que ocurriría una única vez, ocurrió dos, diez… cientos. Y todas y cada una de ellas eran tan adictivas como la primera vez.

Tus asientos de cuero, tus ciento sesenta y tres caballos y tus llantas de perfil bajo me hacían vibrar como pocas cosas en este mundo. Por eso, nunca olvidaré mi primera vez contigo. Mi primera vez que fueron tantas…

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Querido mirlo blanco

mirlo-blanco  “Es un mirlo blanco que no conoce la maldad”, decían de ti. No. Eres un lobo con piel de cordero. Una farsa disfrazada de ojos claros, piel blanquecina y cabellos dorados de inocente princesita. Siempre ahí, donde no debías estar, intentando ocupar un lugar que no te correspondía, que nunca te correspondió. Pero ahí seguías, vestida de mirlo blanco que a todos tanto gustaba. A todos menos a mí, que advertí tus intenciones a la primera, que podía oler la esencia de tu naturaleza bajo esa apariencia dulce e inocente. Nadie me creyó. Y me hacían juicios de valor. Así que me propuse derrotarte. Ardua tarea pues jugabas con toda la ventaja que tu disfraz de mirlo blanco te daba. Estabas hasta en la sopa. Estabas hasta en las situaciones en las que no pintabas nada. Y sabías muy bien cómo hacerlo. Y yo estaba harta de ti. Y sufría. Sufría porque veía en peligro lo que más quería. Ya habías sobrevivido a tu primer enemigo. Y al segundo. Pero a mí no me ibas a sobrevivir. ¿Sabes por qué, mirlo blanco? Porque yo no soy ruin como tú, ni voy de la mano del engaño para conseguir lo que deseo. Porque, querido mirlo blanco, en esta vida hay que saber perder. Hay que saber cuándo es el momento de retirarse. Porque si no, querido mirlo blanco, te arriesgas a lo que te pasó. Sobre todo si te topas conmigo. Sacaste mi naturaleza interior, mi esencia.

mirlo-blanco-negro  Y poco a poco bajo tu manto blanco comenzaron a aparecer plumas negras que iban haciendo caer poco a poco todo vestigio de candor e inocencia.

cuervo  Vaya… el mirlo blanco resultó ser un negro cuervo que lo mismo le daba una baya que un trozo de carroña… Nadie daba crédito, ¿cómo podía ser?

lobo_2 Y en ese preciso instante, fue cuando airosa te di caza y puse fin a tu presencia en mi vida. Saboreando tu corazón todavía latiendo… Qué dulce momento, cuando por fin puedes decir «¿lo véis?».

Momento café

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Caliente, Amargo, Fuerte y Expreso. Parecido pero casi. Me gusta más tu olor que el del café recién hecho, que ya es decir. Aunque últimamente hayas cambiado de fragancia. Es el sustrato de tu piel lo que le da el matiz que a mí me engancha. Momento café, lo llamas; ese que tú no tomas. Sin embargo yo, lo necesito. Con leche. O detergente. O suavizante.

Caliente, sí, caliente como el café recién hecho. Así es tu cuerpo si me acerco, si te abrazo. Hasta esa ligera aspereza de la piel de tu rostro es caliente. Aspereza que contrarresta con la suavidad de mi piel, siempre lista. “Qué suave eres”, dices siempre que tus dedos me acarician. Qué curioso, la anchura de tus hombros es perfecta para mí. Y me acoplo en ellos, y vuelvo a sentir calor. Un abrazo fuerte y recíproco. Fuerte, sí, como el café recién hecho. Recíproco y estrecho. Muy estrecho.

Y entonces algo combustiona espontáneamente. Y yo sólo quiero beber de ti, como de una taza de café. Arde. Mi cuerpo arde. Por fuera y por dentro. Es deseo manifiesto, expreso. Expreso, sí, como el café recién hecho. Deseo de abandonarme al momento, de dejarme derretir en las brasas de lo espontáneo. Me engancho a tus labios y su solo roce me sume en el aquí y ahora, en el vacío absoluto. Y de ese vacío me rescata tu lengua que me lleva a ese instante que hay tras cada inhalación y tras cada exhalación. Ese instante que no es NADA y lo es TODO.

Un contratiempo interrumpe. Y el momento de separar ambos cuerpos resulta amargo. Amargo, sí, como el café recién hecho. Y así se quedan las ascuas, avivadas por el recuerdo tangible del momento café, avivadas por el deseo de, por una vez, ser tu único café del día y que me tomes caliente, fuerte y expreso. Y amargo sólo cuando te marches.

Y todo con sabor a café recién hecho…

Una, coincidencia. Dos…

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Verano… El estío ha hecho su estreno con un calor intenso acompañado de alguna fuerte tormenta ocasional. Tras cada chaparrón, la temperatura y humedad que ascienden del suelo son sofocantes. La nueva estación ha sustituido la amplia gama de verdes por tonos ocres, cobres y pajizos, y el horizonte se ve dorado… Salvo el páramo, que allí sigue, verde, imponente… Parece como si permaneciera impasible a todo lo que acontece. Y tú, feliz en tu coche, a una temperatura agradable con el aire acondicionado, volviendo a casa tras la jornada de trabajo, por esa carretera que tanto te gusta, que te transporta a otro lugar en absolutamente todas las épocas del año. Son las diez menos cinco… no, menos seis minutos de la noche… ¿noche?… El sol todavía está a medio esconder y los destellos rosas y naranjas todo lo inundan, proporcionando aún una claridad con la que las gafas de sol no sobran. Qué curiosos son estos días, los más largos del año. Y cuánto te gustan… Una manifiesta sonrisa se dibuja en tu rostro. No la escondes, ¿para qué? Y disfrutas; disfrutas de la conducción como a ti te gusta hacerlo, por esa carretera… tu carretera, como te gusta llamarla. La que es tu punto de inflexión en tu regreso a casa. Y así, sonriente, miras a lo lejos y ves el páramo. “Es realmente bonito” piensas. Y al traer de nuevo la vista al frente algo hace que te sobresaltes y que tu sonrisa se transforme en una expresión de asombro… Allí está, es… sí, es esa figura de mujer de aquella vez, pero ahora la ves más nítida. Está pálida y su rostro tiene una expresión de dolor, de tristeza, de angustia y de miedo, como no lo has visto nunca en tu vida. Hace aspavientos con los brazos y se cubre la cara con las manos… Solloza… y de repente ¡¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! El claxon de un coche te arranca violentamente de aquella escena, pues estabas invadiendo el carril contrario, das un volantazo, tratas de hacerte con el control de tu vehículo y … lo consigues!!. Acabas deteniéndote en el margen derecho de la carretera sin haber sufrido ningún rasguño. Ni el coche tampoco, menos mal. “Ufffff”, resoplas, recobrando la calma. Decides encender las luces de emergencia, ponerte el chaleco reflectante y bajar del coche, para comprobar de una vez por todas qué le ocurre a esa mujer, pues te has detenido a escasos metros de donde la has visto. Caminas, mirando a ambos lados, y cuando llegas al lugar… nada… Miras a todos lados pero no ves nadie alrededor. Ni a lo lejos. No entiendes nada, la confusión se apodera de tu cabeza, y un hilo de pánico empieza a llamar a tu pecho. Respiras profundo. “Cuando haya algo que te saque del aquí y ahora, sólo tienes que conectar con tu respiración” recuerdas que siempre dice tu profesora de Yoga. Parece que funciona. Tras tres o cuatro respiraciones comienzas a recobrar la calma y el autocontrol. Decides volver al coche. Te sientas en el asiento del conductor y miras por el retrovisor hacia la luna trasera. Nada… Emprendes la marcha a casa con la diferencia de que ahora sí te sobran las gafas de sol. La claridad es bastante menor. Llegas a casa, aparcas tu vehículo y tras descansar un rato, te sirves una copa de vino. Marqués de Cáceres del noventa y cuatro, excelente. Uno de tus favoritos, de los que ya van quedando escasas botellas. Y piensas, “claro, me las he bebido yo todas”, y vuelves a sonreír. Y en ese estado de tranquilidad, de bienestar, de protección, decides ponerte a buscar información en la red sobre cosas en las que no crees…

EL AMOR NO ES SUFICIENTE

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Dicen que el amor todo lo puede. Pero no es así. No existen los cuentos de hadas y princesas donde encuentran a su príncipe azul y son felices para siempre. El único amor incondicional que existe es el de tu perro hacia ti. Leal, sincero y para siempre. Hasta que la muerte os separe. La suya… O la tuya. Y no puedo poner como ejemplo de amor incondicional el que siente una madre hacia su hijo, porque lamentablemente todas las madres no son iguales ni sienten así.

Y entre las personas ocurre lo mismo. No tenemos esa nobleza ni esa bondad natural. Y por ello el amor no es suficiente. Cuando todo pasa, cuando todo acaba. Cuando el enamoramiento se marchita, cuando las hormonas tocan a su fin. Cuando desaparece la aventura, la diversión, el entretenimiento, la ausencia de preocupaciones y responsabilidades. Cuando vienen problemas, dificultades, dudas, pruebas, señales, contratiempos. Cuando todo alrededor se derrumba y se viene abajo cual castillo de naipes. Porque estas cosas pasan. Entonces el amor no es suficiente. Puedes querer mucho a una persona y separarte de ella. ¿Os ha pasado alguna vez? Pensadlo. ¿Y por qué el amor no es suficiente? Porque lo que toda la vida hemos entendido como amor ha sido un concepto erróneo. Un estereotipo maldito.

El verdadero AMOR es “ESO” que queda cuando parece que no hay nada, cuando el velo de lo idílico ha sido retirado por el paso del tiempo, cuando la convivencia ha hecho su mella y de repente te das cuenta de que hacéis un gran EQUIPO. Que funciona. Que da resultados. Que sabe atrincherarse contra viento y marea cuando hace falta. Que mantiene la balanza equilibrada  siempre en movimiento y dentro de rango. Que si uno cae, el otro tira. Que yo para ti y tú para mí.

Cuando no son “medias naranjas”, sino que uno más uno son DOS.

Cuando se acaba aquello que tenías y en vez de caer al vacío asciendes al siguiente nivel. ESO ES REALMENTE EL AMOR.