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Yo sé qué te pasa

 

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Yo sé lo que te pasa. Desde que eras niña tienes carencias afectivas. Primero con tus padres, luego con tus hermanos. Con tus padres porque para ellos sólo eras un peón más potencial fuente de traer dinero a casa…  Con tus hermanos porque siempre eran ellos antes que tú. Y así tu niñez, si es que se le puede llamar así, y después tu adolescencia. Luego te convertiste en una mujer hecha y derecha, y cada trabajo que hacías era para llevar el dinero a casa. Y después te casaste. Te casaste para salir de casa de tus padres. Y no sé por qué pero siempre dices que tu boda no fue lo que tú querías. Sólo sé que fue un 28 de enero, que llovía a mares, y que en el momento en que tú marchabas para la iglesia lucía el sol. Y que estabais muy guapos.

Prácticamente al año o año y poco nací yo. Y eso fue lo que terminó de desarmarte. Dejaste de trabajar y te quedaste diez años a mi cuidado. Hay otras madres que lo desean; tú no. La decisión la tomó mi papá. Y dejaste de hacer lo que más te gustaba en el mundo: trabajar. Y aunque me cuidabas, consolabas y protegías, me veías como la causa de tu disconfort con la vida.

A los diez años de yo nacer retomaste la actividad laboral, gracias a mi papá, que te buscó un trabajo estupendo en lo que más te gustaba. Fueron los mejores años de tu existencia. Pero a los dos años de aquello Dios quiso que te quedaras viuda con un piso a medio pagar y una hija preadolescente que había visto morir a su padre con sus propios ojos.

Y te volviste tóxica. Te volviste tóxica con tu mejor intención porque no sabías hacerlo de otra forma. Y te refugiaste en el trabajo. Y en casa no se hablaba, no se compartía el dolor, no se gestionaban emociones. Pero seguimos adelante. Por un camino muy tortuoso. Pero seguimos.

Y ahora, después de mi punto de inflexión hace casi tres años, después de haberme roto y haberme vuelto a rehacer, te digo: sé lo que te pasa.

Por eso te invito a salir de ahí, a quererte, a dejarte querer, a ser egoísta, a vivir el aquí y el ahora. Y a disfrutar lo que te quede de vida sin la obligación de servidumbre hacia los demás.

Y como tú me dices a mí: nunca te quedes con ganas de hacer algo en la vida.

Viaja, sal, entra, ríe, llora, disfruta, ama, haz locuras, improvisa, piensa en ti, sé tú misma, que no te importe lo que piensen los demás, y sobre todo: ESTÁTE EN PAZ CONTIGO MISMA.

Confía en mí. Te quiero. Lo sabes.

Primavera. Típico día frío y

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lluvioso… Sabes que es primavera por lo que dice el calendario, no por el clima. La humedad entra en tu cuerpo con cada inhalación y te estremece… pero a la vez te gusta. Es casi la puesta de sol. ¿Sol? Le intuyes a través del manto de nubes grises y densas, casi negras, en algunas zonas del cielo. Y la neblina… La indiscutible reina del ocaso que todo lo envuelve… Qué extraña y a la vez agradable sensación… Los paisajes a ambos lados, verdes, tupidos, intensos, frondosos, te recuerdan a los pastos asturianos… Si es que alguna vez has estado allí…

Conduciendo por la M-117 un día cualquiera, volviendo a casa. Sí, esa carretera de doble sentido sin arcén, que se inunda cuando llueve ocultando peligrosamente las zanjas laterales. La de las curvas peligrosas si no respetas los límites de velocidad. Pero cuánto te gusta, porque es como si te transportara a otro lugar, tranquilo y lleno de paz. “Qué curioso”- piensas mientras sonríes, porque al coger la carretera aún era de día, y a la mitad de trayecto ya casi es de noche. Miras por el cristal a tu derecha y ves a lo lejos un páramo, cuyos árboles se erigen sobrios, imponentes. Vuelves a sonreír y justo cuando giras tu cara de nuevo al frente… ¡ZAS!… Te sobresaltas porque has visto un peatón justo a pie de carretera, algo difuso por la escasa luz y la niebla, pero sí, era una figura humana. Aminoras la marcha, recobras el aliento, qué bien que no has perdido el control del coche. “Madre mía”- piensas, porque te parece muy peligroso caminar por esa carretera en esas condiciones de luz y visibilidad. Y además la niebla. Así que decides mirar por el espejo retrovisor para ver al peatón, y… ¿Dónde está el peatón? Nada en el arcén… Nada en el asfalto…

Llegas a casa y revisas el coche para comprobar que no tiene ningún golpe. No, no sentiste ningún impacto, no pudiste arrollar al peatón. Además, al mirar atrás en la carretera no había nadie, ni peatón, ni nada. ¿Imaginaciones tuyas, quizá? Pudiera ser. Con la mala visibilidad, la niebla… Pero jurarías que viste un peatón. Al menos una figura humana. Casi atreverías a decir que de mujer…

Juegos de niños, retos de padres

Sobre cómo extrapolamos el aprendizaje de los niños a la competitividad entre los padres. Este tema es el que trata el siguiente fragmento de “Monólogos de un bipolar”. Para reflexionar o debatir a vuestro gusto.

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“Bien… No sé si todos ustedes lectores tienen hijos, pero si la respuesta es no, seguro que conocen a alguien cercano que los tenga, y para muestra un botón. Es bastante habitual en las edades más tempranas del ciclo escolar, la realización de festivales en los que los chavales se sienten partícipes de algo común (recordemos a Maslow y su pirámide de necesidades básicas), y además gozan de sus 15 minutos de fama siendo ésta un tipo de actividad super especial para ellos. Y obviamente, para ellos es extremadamente importante que su mamá o su papá, o mejor aún los dos (eso ya es la repanocha) estén ese día con ellos, les vistan (habitualmente van disfrazados), y como no, disfruten viendo cómo su mayor tesoro es el rey de la fiesta ese día. Pues bien… Aún me encuentro niños que en días como esos ni papá, ni mamá… Y la justificación siempre es la misma: “es que tengo trabajo”… Hombre, si sabes desde el inicio de curso cuándo va a ser el festival de tu hijo, pues déjate algún día libre para entonces, ¿no?. Porque, ¿somos realmente conscientes de lo que marcan esas cosas a los niños?… Si ya lo digo yo, que esto de la conciliación entre la vida familiar y laboral no existe, y que lo de las madres trabajadoras es una moto que nos han vendido. Porque al final trabajamos fuera de casa y dentro. Y más. Y nos perdemos cosas.

Volviendo al tema… Lo más apoteósico viene cuando en el cole mandan actividades para que los niños hagan en casa con los papás (y sí, digo “papás” para referirme al conjunto de papás y mamás, ¿vale?), que además suelen ser manualidades bastante divertidas. Y la clave del asunto está en “hacer CON los papás”… Es decir, el objetivo de esto es que los niños con sus padres hagan cosas JUNTOS, aunque no se consigan obras de arte (no es lo que se pretende), y sin embargo lo que ocurre es que estas actividades para hacer con los niños se convierten en auténticas competiciones de los padres, a ver quién hace el mejor muñeco de nieve, o la mejor estrella de goma eva, o el mejor mural de castillos… Y claro, ¿al final qué pasa?, que son los padres los que se enzarzan en un alarde de pretecnología… “bufff!… Mira qué bandera ha llevado fulanita… Pues nosotros la vamos a hacer más grande y mejor”… Y cosas así. Y al final, el niño no participa de su actividad, y se queda sin el hecho de haber pasado un buen rato realizando la actividad con sus papis… Y eso pasa factura…

Que luego nos quejamos de la sociedad, de que si los valores ya no son los mismos, que si cualquier tiempo pasado fue mejor… ¿Nos estamos dando cuenta de qué valores estamos transmitiendo nosotros a nuestros hijos? ¿De si fomentamos el apego? ¿El respeto? ¿La compasión? Ahí lo dejo…”

Navidad, Navidad, agridulce Navidad

Aprovechando estas fechas, aquí os dejo otro fragmento de Monólogos de un bipolar para remover un poquito las almas…

NAVIDAD, NAVIDAD, AGRIDULCE NAVIDAD.

¿Cómo es posible que unas fechas tan entrañables (o al menos eso es lo que nos venden por la tele) puedan llegar a ser fuente de ansiedad y dolor? Porque se ha perdido la esencia, el origen, y sobre todo, la verdad. Algo que tendría que ser manantial constante de alegría, va y se convierte en una gota de limón en los ojos… Toda la felicidad y la magia que sentías cuando eras niño, de repente… desaparece… se esfuma… Y empieza a ser un follón organizarse para ver con qué familia o en qué casa se pasa tal o cual cena… Y empiezan las discusiones familiares, y los “tira y afloja”. Por si eso fuera poco, sin saber por qué razón en esos días te acuerdas con más intensidad de quien ya no está… De los buenos momentos que pasasteis juntos, de cuantísimo le echas de menos… Y ves su hueco en la mesa… Y por si no estuvieras ya bastante tocado, además también añoras con fuerzas a los que sí están… pero ya no vienen… Y te acuerdas de cómo os reuníais cuando niño y qué ilusión te hacía… Era tan especial… Y aunque empiezas a ser consciente de que hay ciertas cosas que ya no volverán te pongas como te pongas, no puedes quitártelo de la puñetera cabeza… Es como si tu cerebro tuviera vida propia, ajeno a tu voluntad, y lo controlase todo… tu mente, tus emociones…

Pero te quedan los niños, ¡sí!, los niños, aquellos por los que brota otra vez la ilusión en tu alma. Y te sientes feliz por un instante. Sin embargo, algo ronda sobre todo esto: ¿qué estamos haciendo con los niños? ¿Les estamos enseñando realmente qué son estas fiestas? ¿Qué implican? ¿Y valores? ¿Les estamos enseñando valores? Las incoherencias, ¡ah, las incoherencias!, potente arma de destrucción masiva; vamos a ver: ¿es que no les parece absurdo que gente que no crea en todo esto celebre la Navidad? Porque así estamos transmitiendo incoherencia. No estamos enseñando a ser coherentes y consecuentes, no, no, todo lo contrario. Y si eso es lo que sembramos, eso es lo que recogemos después en la sociedad. Prohíbo los belenes pero el 25 de diciembre sigue siendo festivo nacional… Pues no tiene sentido, mire usted. Al igual que no tiene sentido la guardia imperial de Darth Vader en una cabalgata de Reyes Magos. Ni Bob Esponja, ni Frozen. Ni reinas magas. Porque no, mire usted, las tradiciones NO evolucionan, por eso son tradiciones. Y en lugar de todo eso debería haber pastorcillos, zambombas, camellos… Y al que no le guste, que no mire.