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El miedo a la muerte no existe

¿Es acaso cuando perdemos el miedo que nuestras capacidades crecen y nuestras habilidades se transforman? ¿Perder el miedo es desesperanza? ¿O es aceptación? O quizá todo en la vida sea cuestión de actitud…

Hoy quiero compartir con vosotros este fragmento del libro «La Práctica Del Zen» de Taisen Deshimaru. Su título, el que figura en esta entrada.

«Un monje portador de un documento de gran importancia que debía entregar en mano a su destinatario, se dirigía a la ciudad. Para llegar a ella tenía que atravesar un puente, y sobre él se encontraba un samurai experto en el arte del sable que para probar su fuerza y demostrar su valentía había prometido provocar a duelo a los cien primeros hombres que atravesaran el puente. Había matado ya a noventa y nueve. El monje era el número cien. El samurai le lanzó el desafío y el monje le suplicó que le dejara pasar, puesto que el documento que llevaba era de gran importancia. «Os prometo venir a batirme con vos cuando haya cumplido mi misión.» El samurai aceptó y el joven monje fue a entregar el documento.

Antes de volver al puente se presentó en casa de su maestro para decirle adiós. «Debo ir a batirme con un gran samurai; es un campeón de sable y yo no he tocado jamás un arma en mi vida. Va a matarme». «En efecto – le respondió su maestro – vas a morir. No tienes nada a tu favor, no has de temer ya a la muerte. Mas voy a enseñarte la mejor manera de morir: blandirás tu sable por encima de tu cabeza, con los ojos cerrados, y esperarás. Cuando sientas un frío por encima del cráneo, será la muerte. Únicamente en ese momento desplomarás los brazo. Es todo.»

El joven monje saludó a su maestro y se encaminó al puente donde le esperaba el samurai. Éste le agradeció que fuera un hombre de honor y le rogó que se pusiera en guardia. Comenzó el duelo. El monje, sosteniendo el sable con las dos manos, lo levantó por encima de su cabeza y esperó sin moverse un ápice. Esta actitud sorprendió al samurai, ya que la posición de su adversario no reflejaba ni miedo ni desconfianza.

Receloso, el samurai avanzó cautelosamente. Impasible, en monje estaba concentrado en la cúspide de su cráneo. EL samurai se dijo: «Con seguridad este hombre es muy fuerte; ha tenido el coraje de regresar para luchar conmigo; no es un simple aficionado.» El monje, absorto por completo, no prestaba ninguna atención a los movimientos de su adversario. Éste comenzó a sentir miedo: «Sin duda alguna es un gran guerrero, sólo los maestros del sable toman desde el principio del combate una posición de ataque. Además cierra los ojos.» El monje esperaba únicamente el momento en que sentiría un escalofrío por encima de su cabeza.

El samurai estaba completamente desamparado, no se atrevía a atacar, seguro de ser despedazado al menor gesto. El monje había olvidado al samurai, atento únicamente a aplicar bien los consejos de su maestro, a morir dignamente.

Los gritos del samurai le devolvieron a la realidad: «No me matéis, tened piedad de mí. Creía ser maestro en el arte del sable, pero jamás había encontrado un hombre como vos. Os suplico que me aceptéis como discípulo, enseñadme la vía del sable.»

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EL ESTIGMA DEL DIAGNÓSTICO

Aquí os dejo un texto de la obra «Monólogos de un bipolar» que refleja muy bien cómo a veces las etiquetas pueden tener estigmatizadas a las personas que las llevan.

«MI DIAGNÓSTICO Y YO.

Hola, ¿cómo están? Mi nombre no tiene importancia. Soy una mujer ya hecha y derecha, rondando los treinta y muchos. Y soy bipolar. Leve, con buen pronóstico, no se asusten. Y digo que no se asusten porque es curioso cómo la gente, sin tener ni puñetera idea, te estigmatiza cuando les cuentas que te han diagnosticado alguna clase de trastorno mental o trastorno afectivo. De entrada, las palabras como “bipolar” o “mental” les da pánico. Y no digamos cuando antes se nos llamaba “maníaco-depresivos”. Incluso puedes ver cómo a algunos les cambia el rictus de la cara según se lo estás contando. Otros directamente no te vuelven a llamar. Y eso que es una cosa que no le vas contando a todo el mundo, así, a la ligera. Se lo cuentas a la gente más, más allegada. Y cuando lo haces, te relajas, porque ya por fin dejas de disimular. Ya puedes contestar sin problema “hoy no me encuentro bien” cuando te preguntan “¿qué te pasa?”… “Qué te pasa…” Dichosa pregunta que intentas evitar a toda costa cuando alguien no conoce tu diagnóstico. ¿Cómo puñetas te explico yo lo que me pasa? ¡Si me da miedo que me mires raro o salgas corriendo! O lo que es aún peor… Que sin comprender la magnitud de lo que les estás contando, te digan eso de “bueno, como todos”… No, como todos no. Por eso yo soy bipolar, y todos, no lo son.

Me ha llegado a pasar, contándole a una persona sobre mi trastorno bipolar, que me ha llegado a decir: “eso es que eres como el Dr. Jekill y Mr. Hide, ¿no?”. Bueno, pues no. Que la mayoría de la gente no sabe que este trastorno tiene una base orgánica. Es como el que es diabético o hipertenso. El diabético lo es, porque su páncreas no funciona bien (dicho así, a groso modo). Pues el bipolar lo es, porque los mecanismos cerebrales que regulan el estado de ánimo no funcionan bien, debido a un desequilibrio químico en los neurotransmisores. Básicamente, entre otras cosas, porque también hay factores externos. Pero eso no quiere decir que estemos locos, ni que vayamos a morder a nadie ni que nos vayamos a volver de color verde. Además, como en casi todo, hay diferentes grados y cada individuo es un mundo.

A lo que iba, que a las personas como yo, nos da miedo a veces sincerarnos con los demás, por temor a sus reacciones, por temor a las consecuencias que los estereotipos (mencionaré los estereotipos varias veces) han causado en la sociedad. Que no señores, que los tiempos del electrochoque y los baños en agua helada quedaron atrás hace mucho tiempo. O quizá no tanto… Que somos personas, como los demás, y tenemos nuestro tratamiento, como los diabéticos.

Es más, seguro que hay mucho bipolar sin diagnosticar por el mundo. Esos, esos son los peligrosos. Los controlados, como yo, somos simplemente ESPECIALES.

Pongan ustedes en google “personajes famosos de la historia con trastorno bipolar”… Y luego me cuentan. Yo voy a contarles algunas situaciones de la vida misma, vistas desde donde yo las veo, quizá a veces rozando la hipomanía, y quizá otras veces (las menos) rozando la distimia, por si quieren intercambiar impresiones conmigo.»

Recuerda tus inicios y sigue adelante

Pues es verdad. Justo cuando te has hartado de hacer el tonto (o al menos es lo que te parece) de repente «algo» llama a tu puerta y te dice «¿ves? sigue adelante». Así que, para hacer honor a mis primeros pasos he decidido recuperar este pequeño fragmento que os invito a leer y debatir en los comentarios. Se titula ¿Asocial o selectivo?.

Adelante:

¿Asocial o selectivo? Algunas personas se caracterizan por establecer relaciones sociales con un número muy limitado de individuos, por necesitar espacio para sí mismos, disfutar de pequeños momentos de soledad, apreciar el silencio… Tienen pocos amigos, pero los que tienen, eso sí, son personas de total confianza que les reportan algo positivo, con cuya compañía se sienten cómodos y con los que gozan de vivencias y experiencias en los buenos momentos Y también en los malos. No suelen confiar en la gente a primera vista, porque entienden al ser humano como potencialmente dañino, y más ahora en estos tiempos difíciles de competencia y egoísmo extremos, de valores morales perdidos. Las pocas buenas personas que encuentran en su camino son la excepción y no la norma. La mayoría han sufrido la letalidad de una traición. O varias. Esa traición de alguien que sentían leal, incondicional, a su lado. Algunos consiguen recuperarse de las heridas, pero otros acaban arrastrando secuelas toda su vida. Disfrutan de tener un territorio personal donde sólo ellos pueden entrar. Aprenden a estar consigo mismos cuando están solos, y nutren su paz interior de la tranquilidad que les proporciona el estruendoso sonido del silencio. Los expertos en las ciencias de la conducta y el comportamiento etiquetan a estas personas como asociales (que no antisociales ). Pero cuando conoces su historia, te induce a realizar la siguiente reflexión: ¿Asocial o selectivo?