La sirena

Desnuda sobre la cama, había cambiado sus escamas verdes por piel suave como la seda. Piel blanca, fina y delicada, “como la de mi abuela”, decía él. Así la recordaba.

Mas era una sirena, y aun bajo su aspecto temporal de mujer debía mantenerse húmeda…

Su cabello rojo, denso y fuerte, se mantenía húmedo por el sudor que emanaba de su cuello en respuesta a los besos ávidos y calientes que él la regalaba.

Su busto, tenso y ardiente, se mantenía mojado por los paseos lentos pero firmes de la lengua contraria.

Su ombligo… Latía… Acuoso, por las manos abrasadoras y firmes que no dejaban de acariciarlo.

Y sus piernas… La parte más importante, pues era donde albergaba las escamas… Sus piernas estaban empapadas por finas gotas de placer, como una lluvia de gozo, que la hacían estremecerse en el vaivén de las olas del mar que él la ofrecía.

Y así, la sirena, se saciaba de su cuerpo terrenal antes de volver a su forma original, no sin antes rememorar la dulce miel que había probado en sus labios…

En clave de fa

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La noche los llevó a terminar en el portal del apartamento de él, aparcados en doble fila, pues ella se había ofrecido a llevarlo en coche con todos los bártulos. El silencio había empezado a hacerse incómodo.

-Bueno, gracias por traerme.

-De nada, ¿te ayudo con los trastos?

-Oh no, no hace falta, gracias, ya me ocupo yo.

De nuevo el silencio que podía cortarse con cuchillo.

– ¿Te apetece subir? -dijo él, muy cortado.

Ella lo miraba a los ojos más cortada aún, con la boca entreabierta sin emitir sonido alguno. Hasta que una ráfaga de luces largas por el espejo retrovisor la sacó de su ensimismamiento y dijo:

-Tengo que aparcar.

-Mira, ahí delante tienes un sitio.

Aparcó. El frío de la noche cuando bajó del coche la hizo recuperarse a sí misma. Cogieron las cosas entre los dos y accedieron al portal. En el ascensor, de nuevo silencio, pero ella ya comenzaba a templar sus nervios. Él, sin embargo, llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer, y aunque hacía lo posible por aparentar lo contrario, se le notaba intranquilo. Una sonrisa nerviosa le delataba. “Es tan lindo”, pensaba ella mientras se sonreía a sí misma.

Era un apartamento pequeño, pero bien cuidado, y resultaba acogedor.

– ¿Dónde dejo esto?

-Ahí mismo, en la entrada. Pasa y siéntate. ¿Te apetece tomar algo?

-Pues el caso es que tengo bastante sed, pero no me apetece nada de alcohol.

-Un jugo de lima entonces. Que sean dos.

– ¿No lleva alcohol?

-No. Agua, lima natural, unas hojas de menta y un poco de azúcar.

-Suena bien.

Se acercó con las dos bebidas al sofá. Él seguía con su sonrisa nerviosa. Ella se la devolvía.

-Estuvo bien la música, ¿verdad? -preguntó él, jugueteando con el vaso.

– ¡Oh sí! Estuvisteis genial, menudo ritmo.

Quedaron mirándose a los ojos en silencio y en cuestión de segundos… comenzó su música… Se unieron sus bocas, calientes y húmedas, que se entrelazaban buscándose sin soltarse cada vez que se encontraban. Se quitaron las ropas y ella se levantó del sofá, irguiéndose sobre sus tacones para que la viera bien. Quería ser un regalo para los cinco sentidos; él se lo merecía. Él la observó impresionado; se levantó del sofá y la cogió en brazos para llevarla al dormitorio. Ella que pensaba que iba a dominar la situación…

La colocó sobre la cama; sí, la “colocó”, no la puso ni la tumbó; la acomodó la cabeza y el cabello sin dejar de contemplarle los ojazos castaños que aquella mujer se gastaba; la retiró, sí, la “retiró”, no la quitó ni la sacó, los altos zapatos de salón; y la besó. La besó dulcemente recorriendo sus piernas, descubriendo el sabor de su piel. La besó dulcemente el abdomen, descubriendo el volcán de su vientre. La besó dulcemente los senos descubriendo la dureza que podían adoptar. La besó dulcemente la boca, un beso fresco de lima y dulce de azúcar.

Y comenzó su música en clave de fa. Él dirigía acordes y arpegios sobre aquel cuerpo femenino mientras por encima de ellos tocaba la melodía que la llevaría al éxtasis. Al de ella, por tanto, al de él. Las notas en el pentagrama, sonaban a jadeos, a gemidos, a entrega, a placer.

Ella quiso dominar la situación, pero no contaba con que fuese a derrumbarse ante esa forma de amar, donde armonía y melodía iban de la mano, en clave de fa.

Un abrazo sudoroso fue el último compás antes que todo se liberase. Explosión. Ríos de vida. Rendida en sus brazos, como una princesa. Él, sin dejar de mirarla, la besaba con ternura, como un caballero.

Él sobre ella, se miraban a los ojos, sin decir nada, mientras él la acariciaba el cabello.

Ambos seguían pensando en lo ocurrido, en lo saciado. En la armonía. En la melodía. En clave de fa.

Si pudiera… Pero no puedo.

tántrico

Si pudiera ofrecerte un mundo paralelo que tuviera entre las manos, no dudaría en tratar de darte caza. Me emborracharía del olor de tu perfume mezclado con tu piel, tan intenso, cada vez que te veo, como una telaraña que me atrapa.

Dejaría que las puntas de tus dedos tocasen mis hombros desnudos hasta erizar tu vello; abriría las piernas y te atraería hacia mí con un abrazo, un abrazo que ya no te dejaría marchar. Y así, abrazada a ti de brazos y piernas nos fundiríamos en el más cálido beso, por el que llegaría hasta tu alma, para despertar todos tus sentidos, y allí mismo, los tuyos y los míos serían uno sólo.

Despertaría Kundalini y el amor y el sexo tántrico serían una única luz blanca. Te amaría, te poseería, me entregaría, me saciaría de ti, te llenaría de mí, me llevaría tu aliento a todos los rincones de mi cuerpo y mis labios a todos los del tuyo, sin dejar ni un centímetro sin explorar, sin tocar, sin degustar.

Te bebería hasta ahogarme, te respiraría una y mil veces hasta llevarme todo tu aroma conmigo, te besaría hasta engullirte y dejarte exhausto; tú, dentro de mí; yo, dándome a ti.

Y una vez estuvieras al borde de la extenuación, con un dulce beso me marcharía. Porque eso es todo cuánto quiero. Nada más. O nada menos…

Todo eso te daría si pudiera… Pero no puedo.