Como tú me miras (canción)

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Aquella primera vez

que se encontraron de lejos

apenas se sostenían

llenos de miedo y complejos,

pero el ímpetu era tal

que con ansiedad buscaban

reflejarse unos en otros

y cruzarse sus miradas.

Los vi caminar tranquilos

los vi acercarse despacio

hasta chocar con los míos

y tirar el muro abajo,

porque su mundo interior

más parecía una puerta

a una nueva dimensión

a una ventana abierta.

Como tú me miras,

me pierdo en un abismo

negro de colores,

alegría y optimismo.

Como tú me miras,

todo es diferente

las cenizas cobran vida

y no le temo a la muerte.

Esas dos pupilas negras

tan oscuras y brillantes

son la luz de mis tinieblas

de mis heridas sangrantes,

son el aire que respiro

mi alegría de vivir

si un día no las tuviera

preferiría morir.

Como tú me miras,

me pierdo en un abismo

negro de colores,

alegría y optimismo.

Como tú me miras,

todo es diferente

las cenizas cobran vida

y no le temo a la muerte.

Como tú me miras

nadie me ha mirado,

como tú me miras

me has enamorado.

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Poquito a poco y yo de golpe

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Poquito a poco y yo de golpe,

me enamoré de las notas de tu risa;

poquito a poco y yo de golpe,

me envolví en el encanto de tu brisa;

poquito a poco y yo de golpe,

admiré los colores de tu aura;

poquito a poco y yo de golpe,

quise abrazar tu alma tan blanca;

poquito a poco y yo de golpe,

te decía todo con melodía cortada;

poquito a poco y yo de golpe,

deseaba aquello que no llegaba.

Tú poquito a poco… Y yo de golpe…

Pero los mismos sentimientos,

qué caprichosa la vida,

se invirtieron las tornas

y ahora eres tú quien delira.

Ahora eres tú quién de golpe,

aquel día, sin dudarlo,

acercó su alma a la mía,

y despacio, sin soltarlo,

agarró mi corazón

y lo puso entre algodones,

rellenándolo de vida

y sanando sus jirones.

Qué más da quién poco a poco

y quién de golpe,

si las cosas buenas

no hay que dejar que sobren…

Recaída

Y allí la tenía otra vez de frente, cara a cara. Yo pensaba que aquellas viejas heridas habían cerrado, pero no; comenzaron a sangrar. Parece mentira cómo, aunque pase el tiempo, hay cicatrices que tardan en difuminarse. Y algunas, puede que no se borren nunca.

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Y entonces me di cuenta de que aquel dolor que estaba sintiendo no era por mí; me daba igual, me era indiferente, ya no me afectaba. Aquella punzada que estaba experimentando, formada por una mezcla de dolor, ira, tristeza y rabia, era por alguien mucho más importante: él.

Él lo es todo. Mi universo. Mi pequeño gran maestro. El que me enseña todo aquello que no sé. El más noble y bondadoso de entre todos ellos. El inocente. El del corazón más grande.

Y por él soy capaz de morir. Soy capaz de matar. Así que no te acerques a su espacio vital. No se te ocurra ni tan siquiera robarle un metro cúbico de aire. Porque me debo a él y por él tomaré la justicia por mi mano si es necesario, si el entorno no se ocupa de poner las cosas en su sitio.

Así que, allí la tenía otra vez de frente, cara a cara: la hipocresía.

¿Te vienes conmigo?

Se condensó el aire
y se nubló el cristal,
cuando el camino estrecho
se empezó a esbozar,
y la maleza muerta
junto al secarral
hacía de cortina
para el caminar.

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El muro de piedra
y las cruces de granito,
lucían aún más bellos
que aquel cielo infinito,
con la luna alumbrando
el sentir más bonito,
y estrellas arropando
las almas en un grito.

Y el andar se hizo galope,
y el galope se hizo amigo
de las gotas de sudor
derramándose en el trigo,
y para compartir el viaje
le dijo la flor al testigo:
«sígueme, yo me vengo,
ven, ¿te vienes conmigo?»