¿Qué vienes a buscar?

5-fascinantes-curiosidades-sobre-los-lobos

¿Qué vienes a buscar

después de tanto tiempo

después de tantos años

y tanto sufrimiento?

¿Te piensas que sin más

puedes marcar su móvil

y yo sin importancia

voy a quedarme inmóvil?

Qué equivocada estás

pedazo inconformista

pues resulta que yo

soy más joven y lista.

Me retaste, so tonta

cuando en esa llamada

te pregunté tu nombre

y no me lo desvelabas.

Vaya tesoro perdiste,

niña tonta y caprichosa,

tratándolo cual juguete

y sintiéndote dichosa.

Relegándolo después

a un rincón, como si nada,

e invitándolo a tu boda

con quien contigo ya estaba.

Así que pequeña ilusa

¿Qué vienes a buscar

con tu marido, tus tres hijos,

y tu forma de llamar?

¿Te crees que por ser euskal

eres mejor y más chula?

Pues “pa” chula yo, bonita,

yo el corcel y tú la mula.

Así que, vulgar lagarta,

déjate de llamaditas,

ni le dirijas la palabra,

ni la hora, ni buenos días.

Y si arrepentida estás

de la elección que hiciste

te jodes, así sin más,

que oportunidad tuviste.

¿Cena de Navidad?

No me tomes por boba,

que ni toda zorra es de campo

ni toda bruja lleva escoba.

 

 

 

Intoxicada

Diablesa

Se hartó. De tanto tira y afloja, de tanto tensar la cuerda, de ahora sí y luego no. De sus “mañana un café” y no atender siquiera la cita. De sus “me despisté”. De reglas del juego a las que no correspondía.

Se hartó. De que pasaran largas temporadas sin contacto. De no recibir noticias si no las daba primero. De ahora recibirlas sólo para esto, sin nada accesorio. De cortesías que no eran recíprocas.

Se hartó. De sentir la persecución sin tregua. De su Sigue leyendo

LA VERSIÓN DEL LOBO

Caperucita

– Estoy como si hubiera vuelto a los dieciséis años y estuviera esperando la tarde del sábado – dijo él, pletórico y resucitado tras varios encuentros con ella. Encuentros inesperados que deshacían sus cuerpos entre besos, abrazos y alguna cosa más.

Ambos sabían perfectamente cuáles eran las reglas del juego. La vida que cada uno llevaba no se modificaría en absoluto. Y como tal, había que aceptar ciertas cosas.

Ella se sentía halagada, fuerte, segura de sí misma y devuelta a su papel innato de diosa. Entonces él añadió:

– Es más, es que incluso, llevaba tiempo sin tener chispa con mi mujer, y el otro día, a la mañana siguiente de estar contigo, estaba tan venido arriba que… Sigue leyendo

Un siete de abril

paloma

Allí estaba ella, postrada en una fría cama de hospital tras una lucha la cual en los dos últimos meses había cobrado una violencia extrema. Sus fuerzas se habían doblegado ya sin ninguna opción. A pesar de sus tan solo 45 años, el cáncer de pulmón había sido implacable con ella. Ya no volvería a recobrar la consciencia. Ya no volvería a abrir sus ojos. Ya no volvería a emitir palabra alguna. Nunca.

Su hija y su hijo mayor al verla pensaban, bajo un sentimiento de culpa y barbaridad, que sería mejor si todo acabase, si dejase de sufrir, si por fin…muriese. ¿Pero cómo puede un hijo pensar así? Eso sería horrible… ¿o no?.

Su hijo más joven no sabía muy bien cómo encajar todo aquello. Recién estrenada su mayoría de edad la situación le resultaba muy confusa.

Su marido sin embargo apenas se movió de allí durante esos dos meses. Una o dos veces quizá, para pasar por casa y a condición de que ella se quedase acompañada. El resto del tiempo lo pasaba allí, en el hospital, sentado junto a ella, en silencio. No se sabía cuándo podría sobrevenir el desenlace. Así un día tras otro hasta que llegó un siete de abril, cumpleaños de aquel hombre que no se movía del lado de su esposa bajo ningún concepto. Aquel día decidió irse un rato a descansar. Miró a su esposa ausente, le besó la frente y le susurró al oído “luego vengo”. Y salió de la habitación. Sigue leyendo

Cuando el maltrato no tenía nombre

lágrimas

Hace veintitrés años había cosas que no tenían nombre. Y no las podías contar porque no sabías cómo llamarlas, no sabías cómo decirlas. Ni a quién. La vergüenza te invadía por alguna razón que ni tú misma conocías. Pero sucumbías a ella.

No entendías por qué tú estabas en casa mientras tus amigas estaban por ahí divirtiéndose. No entendías comentarios como “esta no es la que trajiste el otro fin de semana”. No entendías por qué en una relación que se supone debería ser bonita y emocionante, se lloraba tanto. No entendías las amenazas para que no contaras a sus padres que habías sacado mejores notas que él. No entendías los forcejeos, por llamarlo de alguna manera sutil, que proviniendo de un cinturón marrón de kárate había que saberlos lidiar bien. No entendías por qué a veces sangrabas. No entendías por qué ya te habían planificado la vida entera, si no era eso lo que tú querías hacer.

La vergüenza, la maldita vergüenza de ti misma y el comentario que una vez te hizo tu abuela eran lo único que te hacían seguir malgastando la vida bajo aquella situación. Y a veces hasta pensar en quitártela. Comentario estereotipado (sonrío con acidez) de generación en generación: “el primer novio tiene que ser el único…”.

Pero lo peor de todo no era eso. Sigue leyendo