Yo soy de piel

La lluvia al fin.

La que limpia mis heridas.

La que baña mi cuerpo

y rellena las grietas producidas

por su ausencia prolongada.

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La lluvia al fin.

La que repone de lágrimas

ese saco vacío,

para ser derramadas de nuevo

cuando falte.

Porque yo soy de piel,

y si no hay lluvia

me marchito,

al tratar de subsistir

regando con mi propia

mezcla de agua y sal.

Porque yo soy de piel,

y me oriento hacia la lluvia

sea donde fuere

que caiga.

Es mi naturaleza.

Porque yo soy de piel.

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Me confundes

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Me confundes. ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves? No te lo tolero. ¿Qué hago yo aquí entonces? ¿Por qué rompiste aquello?

Me confundes. ¿Qué buscas? Cambios a mejor, ¿no? Ah, ¿no? ¿Entonces para qué cambiar? ¿Si cambiaste para qué seguir? ¿Si seguiste por qué no acabar?

Me confundes. ¿Qué me cuentas? ¿Nada? Conmigo no se puede hablar. Ni yo expresar lo que siento. ¿Qué? Que me ha hecho daño. Y vuelvo a empezar.

Me confundes. ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves? No te lo tolero. Etcétera. Etcétera. Etcétera.

Me confundes. Me duele el corazón. Me puede el desconcierto. Espera, tranquila. Calma. Karma. Dardos envenenados. Yo también tengo. No callaré, te serán devueltos.

Si me confundes…

Habladurías

 

Lanzadas como un filo,

plato rotosin sentido;

al blanco más injusto,

¡qué disgusto!;

con daño gratuito,

¡qué maldito!;

tiradas como un dardo,

¡qué bastardo!

Y el noble animal sangra,

le duelen sus heridas,

y no pierde la calma

por el bien de sus crías.

¿Por qué esta hipocresía?

¿Por qué siempre contra el bueno?

¿Por qué tanta habladuría?

¿Por qué tanto veneno? Leer más → Habladurías

Las cestas de Navidad

cesta

Ella recuerda aquella época como una de las más entrañables. La época en la que comenzaban a llegar las cestas de Navidad. Grandes cestas, algunas de hasta seis y siete pisos, otras baúles como cofres del tesoro, llenas de los más exquisitos manjares. Y tantas, que las compartían cómo no con la familia. Por supuesto, a ella lo que más le gustaba era el jamón.

Recuerda que otras sin embargo no eran cestas, sino regalos que ella calculaba debían tener unos precios desorbitados: juegos de vasos del mejor cristal con las filigranas más bellas, figuras de porcelana de una famosa marca de la que no consigue acordarse; pero sobre todo rememora una figura de bronce en la que aparecían una yegua y su potrillo sobre un pedestal de plata. Qué cosa más bonita.

Y aun así, lo que recuerda con atención y un pelín de sabor amargo son las felicitaciones navideñas que acompañaban a todo aquello. No eran normales. Papel de la más alta calidad, obras de pintores famosos impresas como imágenes, y firmadas de una manera un tanto impersonal.

Pero recuerda que era una época entrañable porque se sentía importante con todo aquello. Su padre debía de ser alguien importante que tantas atenciones recibía. Era entrañable por las cenas de Nochebuena, las comidas de Navidad, las cenas de Nochevieja y las comidas de Año Nuevo. Recuerda las excelentes mesas que su madre preparaba, aunque por aquel entonces no suponía el sobreesfuerzo que le implicaba. Ella ayudaba en algo y le encantaba pero el gran peso lo llevaba su madre. Recuerda su familia en casa y bailar villancicos en el descansillo. Recuerda recuerdos nítidos y recuerdos fugaces. Leer más → Las cestas de Navidad