Me rindo

Me rindo. Quisiera tener tus alas para batirme en el aire y de un sólo golpe de viento derribar todo aquello que se interpone en mi camino.

Me rindo. Quisiera tener tus ojos para, con su brillo fulgurante, cegar a todo aquel que ose cruzar su mirada con la mía.

Me rindo. Quisiera tener tus manos para, con un soplido, crear entre ellas un torbellino de polvo dorado que materialice mis deseos.

Me rindo. Quisiera tener tu cetro para, haciéndolo sonar contra el suelo, crear relámpagos y nubes de tormenta que ahuyenten mis miedos.

Me rindo. Quisiera tener tus ropas para enaltecer mi figura y así, magnificar mi presencia para que todos inclinen la cabeza a mi paso.

Me rindo. Pero sólo hasta que vuelva a levantarme…

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Poquito a poco y yo de golpe

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Poquito a poco y yo de golpe,

me enamoré de las notas de tu risa;

poquito a poco y yo de golpe,

me envolví en el encanto de tu brisa;

poquito a poco y yo de golpe,

admiré los colores de tu aura;

poquito a poco y yo de golpe,

quise abrazar tu alma tan blanca;

poquito a poco y yo de golpe,

te decía todo con melodía cortada;

poquito a poco y yo de golpe,

deseaba aquello que no llegaba.

Tú poquito a poco… Y yo de golpe…

Pero los mismos sentimientos,

qué caprichosa la vida,

se invirtieron las tornas

y ahora eres tú quien delira.

Ahora eres tú quién de golpe,

aquel día, sin dudarlo,

acercó su alma a la mía,

y despacio, sin soltarlo,

agarró mi corazón

y lo puso entre algodones,

rellenándolo de vida

y sanando sus jirones.

Qué más da quién poco a poco

y quién de golpe,

si las cosas buenas

no hay que dejar que sobren…

La sirena

Desnuda sobre la cama, había cambiado sus escamas verdes por piel suave como la seda. Piel blanca, fina y delicada, “como la de mi abuela”, decía él. Así la recordaba.

Mas era una sirena, y aun bajo su aspecto temporal de mujer debía mantenerse húmeda…

Su cabello rojo, denso y fuerte, se mantenía húmedo por el sudor que emanaba de su cuello en respuesta a los besos ávidos y calientes que él la regalaba.

Su busto, tenso y ardiente, se mantenía mojado por los paseos lentos pero firmes de la lengua contraria.

Su ombligo… Latía… Acuoso, por las manos abrasadoras y firmes que no dejaban de acariciarlo.

Y sus piernas… La parte más importante, pues era donde albergaba las escamas… Sus piernas estaban empapadas por finas gotas de placer, como una lluvia de gozo, que la hacían estremecerse en el vaivén de las olas del mar que él la ofrecía.

Y así, la sirena, se saciaba de su cuerpo terrenal antes de volver a su forma original, no sin antes rememorar la dulce miel que había probado en sus labios…

Me confundes

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Me confundes. ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves? No te lo tolero. ¿Qué hago yo aquí entonces? ¿Por qué rompiste aquello?

Me confundes. ¿Qué buscas? Cambios a mejor, ¿no? Ah, ¿no? ¿Entonces para qué cambiar? ¿Si cambiaste para qué seguir? ¿Si seguiste por qué no acabar?

Me confundes. ¿Qué me cuentas? ¿Nada? Conmigo no se puede hablar. Ni yo expresar lo que siento. ¿Qué? Que me ha hecho daño. Y vuelvo a empezar.

Me confundes. ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves? No te lo tolero. Etcétera. Etcétera. Etcétera.

Me confundes. Me duele el corazón. Me puede el desconcierto. Espera, tranquila. Calma. Karma. Dardos envenenados. Yo también tengo. No callaré, te serán devueltos.

Si me confundes…

Y dicen

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Y dicen…

Que la vieron bailar como una serpiente se exhibe y se enrosca.

Y dicen…

Que la mano en su cintura causó una chispa que la hizo brillar.

Y dicen…

Que el abrazo de él al bailar cerraba sus ojos y la hacía dejarse al son.

Y dicen…

Que hubo miradas clavadas en ellos, porque esa era su sintonía.

 

Lo que no dicen, Leer más → Y dicen