Recaída

Y allí la tenía otra vez de frente, cara a cara. Yo pensaba que aquellas viejas heridas habían cerrado, pero no; comenzaron a sangrar. Parece mentira cómo, aunque pase el tiempo, hay cicatrices que tardan en difuminarse. Y algunas, puede que no se borren nunca.

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Y entonces me di cuenta de que aquel dolor que estaba sintiendo no era por mí; me daba igual, me era indiferente, ya no me afectaba. Aquella punzada que estaba experimentando, formada por una mezcla de dolor, ira, tristeza y rabia, era por alguien mucho más importante: él.

Él lo es todo. Mi universo. Mi pequeño gran maestro. El que me enseña todo aquello que no sé. El más noble y bondadoso de entre todos ellos. El inocente. El del corazón más grande.

Y por él soy capaz de morir. Soy capaz de matar. Así que no te acerques a su espacio vital. No se te ocurra ni tan siquiera robarle un metro cúbico de aire. Porque me debo a él y por él tomaré la justicia por mi mano si es necesario, si el entorno no se ocupa de poner las cosas en su sitio.

Así que, allí la tenía otra vez de frente, cara a cara: la hipocresía.

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Si pudiera… Pero no puedo.

tántrico

Si pudiera ofrecerte un mundo paralelo que tuviera entre las manos, no dudaría en tratar de darte caza. Me emborracharía del olor de tu perfume mezclado con tu piel, tan intenso, cada vez que te veo, como una telaraña que me atrapa.

Dejaría que las puntas de tus dedos tocasen mis hombros desnudos hasta erizar tu vello; abriría las piernas y te atraería hacia mí con un abrazo, un abrazo que ya no te dejaría marchar. Y así, abrazada a ti de brazos y piernas nos fundiríamos en el más cálido beso, por el que llegaría hasta tu alma, para despertar todos tus sentidos, y allí mismo, los tuyos y los míos serían uno sólo.

Despertaría Kundalini y el amor y el sexo tántrico serían una única luz blanca. Te amaría, te poseería, me entregaría, me saciaría de ti, te llenaría de mí, me llevaría tu aliento a todos los rincones de mi cuerpo y mis labios a todos los del tuyo, sin dejar ni un centímetro sin explorar, sin tocar, sin degustar.

Te bebería hasta ahogarme, te respiraría una y mil veces hasta llevarme todo tu aroma conmigo, te besaría hasta engullirte y dejarte exhausto; tú, dentro de mí; yo, dándome a ti.

Y una vez estuvieras al borde de la extenuación, con un dulce beso me marcharía. Porque eso es todo cuánto quiero. Nada más. O nada menos…

Todo eso te daría si pudiera… Pero no puedo.

Ya están aquí…

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¡POR FIN!

Ya están en mi poder los ejemplares impresos de «49 crónicas de un bipolar»; ¡20 únicos ejemplares para dedicar!. Y aunque os avisaré cuando estén disponibles los formatos digitales en las plataformas correspondientes, os animo a que vayáis reservando el vuestro. Porque el papel siempre tiene ese encanto que no tiene lo digital, ¿a que sí?

También os tendré al tanto de las futuras presentaciones.

¡Nos leemos!