Recaída

Y allí la tenía otra vez de frente, cara a cara. Yo pensaba que aquellas viejas heridas habían cerrado, pero no; comenzaron a sangrar. Parece mentira cómo, aunque pase el tiempo, hay cicatrices que tardan en difuminarse. Y algunas, puede que no se borren nunca.

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Y entonces me di cuenta de que aquel dolor que estaba sintiendo no era por mí; me daba igual, me era indiferente, ya no me afectaba. Aquella punzada que estaba experimentando, formada por una mezcla de dolor, ira, tristeza y rabia, era por alguien mucho más importante: él.

Él lo es todo. Mi universo. Mi pequeño gran maestro. El que me enseña todo aquello que no sé. El más noble y bondadoso de entre todos ellos. El inocente. El del corazón más grande.

Y por él soy capaz de morir. Soy capaz de matar. Así que no te acerques a su espacio vital. No se te ocurra ni tan siquiera robarle un metro cúbico de aire. Porque me debo a él y por él tomaré la justicia por mi mano si es necesario, si el entorno no se ocupa de poner las cosas en su sitio.

Así que, allí la tenía otra vez de frente, cara a cara: la hipocresía.

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Vanessísima

Soy Vanessísima, la mala malísima, la que todo lo arrasa si me maltratas.

Vanessísima, la mala malísima, por no ser lo que quisiste y tampoco redimirme.

La mala malísima, la que por la sangre de su sangre derramará la sangre del contrincante.

Tú eres la injusticia y yo soy el encanto que rezará una oración por el alma de alguien que no pasará de esta noche, aunque sea la madre del enemigo.

Soy Vanessísima, la mala malísima, la que pagó el pato del daño infligido y el tiempo perdido

¿Tan mala malísima?

Yo, el bicho, ya ves que no me arrepiento de lo dicho, de poner las cosas en su sitio.

Puedo oíros, «¡bah! qué sabrá esa!» y me pensáis ignorante…

Pero no sabéis que la malísima ya va dos pasos por delante.

Pisadme si os hace feliz. Pero cuando me levante más vale que corráis.

Porque por mi sangre, reduzco el mundo a cenizas si hace falta…