En clave de fa

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La noche los llevó a terminar en el portal del apartamento de él, aparcados en doble fila, pues ella se había ofrecido a llevarlo en coche con todos los bártulos. El silencio había empezado a hacerse incómodo.

-Bueno, gracias por traerme.

-De nada, ¿te ayudo con los trastos?

-Oh no, no hace falta, gracias, ya me ocupo yo.

De nuevo el silencio que podía cortarse con cuchillo.

– ¿Te apetece subir? -dijo él, muy cortado.

Ella lo miraba a los ojos más cortada aún, con la boca entreabierta sin emitir sonido alguno. Hasta que una ráfaga de luces largas por el espejo retrovisor la sacó de su ensimismamiento y dijo:

-Tengo que aparcar.

-Mira, ahí delante tienes un sitio.

Aparcó. El frío de la noche cuando bajó del coche la hizo recuperarse a sí misma. Cogieron las cosas entre los dos y accedieron al portal. En el ascensor, de nuevo silencio, pero ella ya comenzaba a templar sus nervios. Él, sin embargo, llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer, y aunque hacía lo posible por aparentar lo contrario, se le notaba intranquilo. Una sonrisa nerviosa le delataba. “Es tan lindo”, pensaba ella mientras se sonreía a sí misma.

Era un apartamento pequeño, pero bien cuidado, y resultaba acogedor.

– ¿Dónde dejo esto?

-Ahí mismo, en la entrada. Pasa y siéntate. ¿Te apetece tomar algo?

-Pues el caso es que tengo bastante sed, pero no me apetece nada de alcohol.

-Un jugo de lima entonces. Que sean dos.

– ¿No lleva alcohol?

-No. Agua, lima natural, unas hojas de menta y un poco de azúcar.

-Suena bien.

Se acercó con las dos bebidas al sofá. Él seguía con su sonrisa nerviosa. Ella se la devolvía.

-Estuvo bien la música, ¿verdad? -preguntó él, jugueteando con el vaso.

– ¡Oh sí! Estuvisteis genial, menudo ritmo.

Quedaron mirándose a los ojos en silencio y en cuestión de segundos… comenzó su música… Se unieron sus bocas, calientes y húmedas, que se entrelazaban buscándose sin soltarse cada vez que se encontraban. Se quitaron las ropas y ella se levantó del sofá, irguiéndose sobre sus tacones para que la viera bien. Quería ser un regalo para los cinco sentidos; él se lo merecía. Él la observó impresionado; se levantó del sofá y la cogió en brazos para llevarla al dormitorio. Ella que pensaba que iba a dominar la situación…

La colocó sobre la cama; sí, la “colocó”, no la puso ni la tumbó; la acomodó la cabeza y el cabello sin dejar de contemplarle los ojazos castaños que aquella mujer se gastaba; la retiró, sí, la “retiró”, no la quitó ni la sacó, los altos zapatos de salón; y la besó. La besó dulcemente recorriendo sus piernas, descubriendo el sabor de su piel. La besó dulcemente el abdomen, descubriendo el volcán de su vientre. La besó dulcemente los senos descubriendo la dureza que podían adoptar. La besó dulcemente la boca, un beso fresco de lima y dulce de azúcar.

Y comenzó su música en clave de fa. Él dirigía acordes y arpegios sobre aquel cuerpo femenino mientras por encima de ellos tocaba la melodía que la llevaría al éxtasis. Al de ella, por tanto, al de él. Las notas en el pentagrama, sonaban a jadeos, a gemidos, a entrega, a placer.

Ella quiso dominar la situación, pero no contaba con que fuese a derrumbarse ante esa forma de amar, donde armonía y melodía iban de la mano, en clave de fa.

Un abrazo sudoroso fue el último compás antes que todo se liberase. Explosión. Ríos de vida. Rendida en sus brazos, como una princesa. Él, sin dejar de mirarla, la besaba con ternura, como un caballero.

Él sobre ella, se miraban a los ojos, sin decir nada, mientras él la acariciaba el cabello.

Ambos seguían pensando en lo ocurrido, en lo saciado. En la armonía. En la melodía. En clave de fa.

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La primera y la última

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Toda una vida había pasado desde que aquel cuento de hadas acabase en nada. La inexperiencia. La juventud quizá. Las diferencias entre lo que uno y otro querían. El caballero que una vez la liberó de sus cadenas la dejó después a merced de su propia vida. 

Y así efectivamente transcurrió para los dos. Otros mundos, otros caminos, otras gentes, otras elecciones, otras decisiones. Y ningún contacto. Un pasado enterrado, como tantas otras cosas. Algún recuerdo quizá, unos buenos, otros malos, y otros… agridulces y nostálgicos.

Sin embargo, la vida es caprichosa. ¿Destino? No. Es la propia vida que está viva y que palpita, que se mueve y que a veces necesita emociones fuertes. Y esa misma vida de pronto los pone frente a frente, sin querer. 

Increíble; tanto tiempo y sin embargo parecía que se hubiera congelado, todo igual y a la vez tan diferente, con mucho bagaje a las espaldas. Un tanteo. Sólo uno bastó. Esa voz y esa mirada no pudieron perdonar. Algo inacabado, o algo con las mismas reglas para los dos. Qué mas da…

Una pregunta, un beso. Un abrazo, una fusión de los dos. Pupilas que se clavan en las otras y fluir… La ropa cae, la piel se pega y dos lenguas ya conocidas se saludan de nuevo mientras las manos recorren lugares en los que ya habían estado. Un estigma que era recordado. Y finalmente, uno dentro del otro, terminan el agujero temporal que habían creado.

De pronto él dice:

-¿Sabes? Si ahora mismo no volviese a estar con nadie más, tú serías la primera y la última mujer con la que he estado en mi vida.

Qué frase más bonita. Qué cosa tan extraña. 

 

¿Puedo besarte?

puedo besarte

Aún olía a ti al día siguiente… Y eso me hacía rememorar las horas de la noche anterior. La conversación en el sofá, cerveza en mano, sobre cosas que ya habíamos charlado. Proyectos, trabajo… “Qué bien hueles”, pensaba yo, allí sentada sujetando la botella por el cuello y concentrando todos mis esfuerzos en no hacer lo que me pedía mi espíritu en ese momento: acercarme a ti, olerte y recostarme sobre tu cuerpo.

Mi “sonrisa seductora”, como tú la llamas, asomaba de vez en cuando esperando surtir efecto. Hasta que por fin, Leer más → ¿Puedo besarte?

¿Qué vienes a buscar?

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¿Qué vienes a buscar

después de tanto tiempo

después de tantos años

y tanto sufrimiento?

¿Te piensas que sin más

puedes marcar su móvil

y yo sin importancia

voy a quedarme inmóvil?

Qué equivocada estás

pedazo inconformista

pues resulta que yo

soy más joven y lista.

Me retaste, so tonta

cuando en esa llamada

te pregunté tu nombre

y no me lo desvelabas.

Vaya tesoro perdiste,

niña tonta y caprichosa,

tratándolo cual juguete

y sintiéndote dichosa.

Relegándolo después

a un rincón, como si nada,

e invitándolo a tu boda

con quien contigo ya estaba.

Así que pequeña ilusa

¿Qué vienes a buscar

con tu marido, tus tres hijos,

y tu forma de llamar?

¿Te crees que por ser euskal

eres mejor y más chula?

Pues “pa” chula yo, bonita,

yo el corcel y tú la mula.

Así que, vulgar lagarta,

déjate de llamaditas,

ni le dirijas la palabra,

ni la hora, ni buenos días.

Y si arrepentida estás

de la elección que hiciste

te jodes, así sin más,

que oportunidad tuviste.

¿Cena de Navidad?

No me tomes por boba,

que ni toda zorra es de campo

ni toda bruja lleva escoba.