cartas 2

Al menos durante un tiempo,

los príncipes azules existieron.

Los que te dicen que eres hermosa,

que no mereces desprecios.

Los que te toman de la mano una fría nochevieja

y te cubren

con su cuerpo y su chaqueta.

Los que te dicen palabras bonitas a las que contestas

“no me las merezco”,

y ellos te gritan “porque tú no quieres”.

Los que te hacen ver que el infierno en el que vives

no es “lo normal”.

Los que te dicen “si quieres salir de ahí ven conmigo”,

y te tienden la mano.

Y arropada en terciopelo negro se la das,

y comienzas tu cuento de princesas.

Los que te escriben canciones un “lonely sunday morning,

lonely for your love, lonely for you”.

Los que amas como si no hubiera mañana.

Pero ni existen los príncipes ni existen las princesas,

la magia se esfuma y la vida hace mella;

Algunos regresan y te vuelven a anillar cual jilguero

con la esclava de plata,

con un original “yo también”

en el reverso;

pero se vuelven a esfumar por segunda vez,

dejándote sumida en una “breve historia del tiempo,”

de cuarenta y cuatro cartas y nueve meses,

pensando:

“Fue breve pero intenso”.

cesta

Ella recuerda aquella época como una de las más entrañables. La época en la que comenzaban a llegar las cestas de Navidad. Grandes cestas, algunas de hasta seis y siete pisos, otras baúles como cofres del tesoro, llenas de los más exquisitos manjares. Y tantas, que las compartían cómo no con la familia. Por supuesto, a ella lo que más le gustaba era el jamón.

Recuerda que otras sin embargo no eran cestas, sino regalos que ella calculaba debían tener unos precios desorbitados: juegos de vasos del mejor cristal con las filigranas más bellas, figuras de porcelana de una famosa marca de la que no consigue acordarse; pero sobre todo rememora una figura de bronce en la que aparecían una yegua y su potrillo sobre un pedestal de plata. Qué cosa más bonita.

Y aun así, lo que recuerda con atención y un pelín de sabor amargo son las felicitaciones navideñas que acompañaban a todo aquello. No eran normales. Papel de la más alta calidad, obras de pintores famosos impresas como imágenes, y firmadas de una manera un tanto impersonal.

Pero recuerda que era una época entrañable porque se sentía importante con todo aquello. Su padre debía de ser alguien importante que tantas atenciones recibía. Era entrañable por las cenas de Nochebuena, las comidas de Navidad, las cenas de Nochevieja y las comidas de Año Nuevo. Recuerda las excelentes mesas que su madre preparaba, aunque por aquel entonces no suponía el sobreesfuerzo que le implicaba. Ella ayudaba en algo y le encantaba pero el gran peso lo llevaba su madre. Recuerda su familia en casa y bailar villancicos en el descansillo. Recuerda recuerdos nítidos y recuerdos fugaces. (más…)

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Queridos lectores, me causa mucha ilusión contaros que hoy he firmado el contrato con la editorial con la que autopublicaré mi primera novela: El Páramo.

De la mano de Editorial Mundopalabras espero poder recorrer este camino contando con quien me levante si me caigo (que me caeré) y que vosotros me acompañéis en ello.

Como podéis ver, he insertado una página nueva en el blog que lleva por nombre el título de la obra y que estará dedicada a ella una vez esté disponible.

Hasta entonces, prefiero no desvelar nada para no quitarle… misterio… Pero os aseguro que no os dejará indiferente…

yegua

Nunca pensé en escribirte,

pero ya no aguanto más,

eres dueño de mis noches,

pesadillas y demás.

Otra traición recibida,

otro puñal certero,

el tuyo, que no esperaba,

y si no lo cuento, muero.

Nosotros lo fuimos todo,

amigos, compañeros,

cómplices, confidentes,

el escudo y su guerrero.

Flipabas con mis colores,

los que había en mi cabeza,

y con los cambios de imagen

de aquellas noches de fiesta.

Flipabas con el motor

que dentro de mí escondía,

con sus salvajes caballos (más…)

pekinesAquella casa lúgubre y triste no albergaba amor ninguno. Las escaleras que conducían desde el portal hasta la puerta del patio eran frías y el corto camino muy oscuro. La puerta del patio chirriaba de una forma peculiar, siempre la misma. Cuando se abría, la madera crujía y daba paso a un patio interior, donde una de las paredes parecía ser la parte de atrás de alguna nave abandonada, con dos cristales siempre rotos. El olor a orín felino saturaba la atmósfera. Dos gatos negros a ratos a la gresca, a ratos compartiendo descanso en un tejadillo del hueco de la escalera donde los trastos se amontonaban. Dieciséis escalones hasta la puerta de la casa. Y su amigo peludo esperándola arriba del todo.

Siempre escuchando las mismas historias, una y otra vez. Y su lógica infantil le impedía entender ciertas cosas, y le ponía soluciones muy fáciles a la vida. La vida que ella veía cincuenta años después a través de sus ojos de niña.

-Pero, si no le querías, ¿por qué te casaste con él?

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